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“El ocaso del alba”: Capítulo 10 – El sueño de Caín (2/3)


 

 CAPÍTULO 10

El sueño de Caín – Parte 2

Ambos amigos se miraron el uno al otro y asintieron como si supieran qué hacer de forma innata. Avanzaron hacia su contrincante raudamente y comenzaron su ofensiva, alternándose: Caín lanzaba mandobles con su espada y Abraham acumulaba Atzmunt en sus puños. De forma veloz uno otro intentaban batir al enemigo, quien se defendía sin problemas ante estos ataques, cruzando su acero siempre en el momento justo para evitar sufrir si quiera un rasguño.

Observando lo inútil de la ofensiva, se retrasaron unos cuantos metros en direcciones opuestas y comenzaron a lanzar algunos rayos de luz y oscuridad. Abel apenas parecía pasar demasiados apuros mientras se protegía con sus espadas de todas las tentativas de derrotarle. Sus dos adversarios comenzaron a aumentar la frecuencia de sus ataques, obligándole a poner mayor esfuerzo en su defensa. Extrañamente, al cabo de un rato, la ofensiva sólo se mantuvo por el lado de Caín; Abel intentó observar la razón por la que el otro híbrido cesara mientras seguía frustrando los ataques a larga distancia de su hermano.

Entonces observó que el pelirrojo acumulaba una gran cantidad de Atzmunt para lanzar  contra él, pero no se preocupó por ello, incluso dejó que el Butzina preparara también un gran ataque de Atzmunt lumínica. Aquella compenetración era inverosímil, tenían que estar usando una conexión mental, pero era demasiado fuerte como para que el híbrido pudiese romperla.

Una vez ambos acumularon suficiente energía, la lanzaron al unísono contra su enemigo. La sorpresa fue mayúscula cuando alrededor de Abel se lavantaron dos gigantescas barreras de distinta Atzmunt, deteniendo el superrayo de luz de Caín y el de oscuridad de Abraham durante el largo tiempo en el que estos impactaron contra sus muros.

Los dos amigos terminaron agotados después de tan grande gasto, pero no se rindieron y para evitar la respuesta del híbrido, se lanzaron de nuevo contra él a luchar en las distancias cortas, pero en esta ocasión sus movimientos eran más lentos y torpes. El recién descubierto híbrido se aprovechó de esta condición y, en el momento justo, en vez de detener uno de los puñetazos cargados de Atzmunt oscura de Abraham, se agachó propiciando que Caín recibiera un severo golpe que a punto estuvo de noquearlo, tirándolo al suelo. Seguidamente Abel agarró a su otro oponente, levantándolo totalmente en el aire y lanzándolo contra su amigo, como si de un combate de lucha libre se tratase.

Con sus dos enemigos derrotados y vulnerables en ese momento, se acercó hacia ellos dispuesto a terminar el combate.

—Sois demasiado lentos, sois demasiado débiles. ¡Ni los dos juntos sois si quiera rivales para mí! —alardeó—. Me habéis decepcionado, me temo que tendré que poner el punto y final… ¡Ay!

Notó un ligero impacto en su cabeza y cuando se pasó la mano notó la sangre y corroboró tal sospecha cuando la observó: una pequeña brecha se había abierto. Furioso, volteó para encontrarse con la pelirroja, quien incluso se atrevía a juguetear amenazante con otra piedrecilla, sin retroceder ante el peligro que sin duda suponía el príncipe.

—¡Tú! ¿Por qué cavas tu propia tumba, preciosa? Podrías incluso haber salido viva de aquí si te hubieras comportado —le aseguró mientras avanzaba hacia ella.

—¡Ahora! —gritaron entonces al unísono los dos amigos.

Raudamente, Abraham logró aprisionar las 4 Knafáims de Abel, quien sorprendido, propicio el despiste necesario para que Caín lo desarmara totalmente con dos ligeros movimientos. Totalmente indefenso y a merced de sus enemigos, el final llegará para él, su hermano retiró su espada hacia atrás para coger impulso, apuntándole al corazón, con la intención de poner fin a su vida.

—¿También vas a quitármela? —resonó una voz fuertemente en su cabeza cuando el príncipe Butzina se disponía a clavarle su arma—, ¿No te llegó con robármela?

Caín observó a su hermano y en su expresión sólo halló una brutal indiferencia, pero no había duda de que esas palabras procedían de él.

—¡Vamos Carlos! ¿A qué esperas? —le apresuraba Abraham, quien se esforzaba por mantener al híbrido inmóvil y no entendía porque su amigo dudaba.

Este intentaba hacerle caso, pero no podía, no era quien de realizar el movimiento necesario, su cuerpo, no, su mente, tampoco, su corazón no le dejaba, no le permitía matar a su hermano por mucho que supiera que si se revirtieran los papeles él no lo dudaría un momento.

—¿Lo harás? —seguía confundiéndole mediante telepatía—. ¿Me matarás? ¿Y podrás vivir con ello? ¿Sabiendo todo lo que he sufrido por tu culpa? —las inexpresivas facciones de Abel se clavaban junto a estas palabras en la mente de Caín, quien seguía inmóvil, incapaz de decidirse.

Intuitivamente, el híbrido sonrió. Agarró con un rápido movimiento la espada que sujetaba su hermano y fácilmente se hizo con ella. De un certero golpe le produjo un importante corte en el estómago ante el que no pudo reaccionar, cayendo al suelo dolorido. Acto seguido la empujó hacia atrás, buscando apuñalar al pelirrojo que a duras penas fue capaz de apartarse, propiciando la liberación de su enemigo.

—Y este es el Butzina de quien el Señor Supremo está tan orgulloso, incapaz de matar a su propio hermano —se burló—. Demasiado débil para ostentar el cargo que se le asignó. Permíteme liberarte de tantas preocupaciones —se ofreció mientras inclinaba su acero hacía él.

Un choque se produjo antes de que el arma se ensangrentara. Abel se topó con la mirada furiosa de Abraham, quien recogiera las espadas que antes portaba el nuevo híbrido, con las cuales evitara el fatal destino de su amigo.

—Ni se te ocurra tocarle —le amenazó—. Yo soy tu enemigo, es a mí a quien buscas. Enfréntate a mí entonces —dijo mientras obligaba a su enemigo a retroceder.

—Abraham, déja… déjame ayudarte —pidió a duras penas Caín, quien se levantaba con esfuerzo del suelo, sujetándose la herida por la que se vertía la sangre incansablemente.

—Ya te has esforzado suficiente —le consoló—. Ahora deja que sea yo quien os proteja.

—Pero aún puedo… aún puedo luchar —dijo para acto seguido volver a caer, preso del dolor. La pelirroja, que se desplazara para ayudar a su amigo, lo recogió antes de que chocara contra el suelo.

—Primero encárgate de curar bien esa herida y luego podrás ayudarme. Si luchas así, sólo serás un estorbo —dijo con una pícara sonrisa, luego volvió a dirigir la mirada a Abel—. Tú y yo, híbrido contra híbrido, a muerte.

—Sólo adelantas lo inevitable monstruo. El producto será el mismo por mucho que alteres el orden de los factores. ¡Adelante entonces! —respondió mientras se situaba en posición de combate.

“No puedo ponerlos más en peligro, luchar aquí además de limitarme es demasiado riesgo”. Cavilaba el pelirrojo, buscando una alternativa mientras miraba hacia el cielo, del cual la inagotable tromba de agua seguía cayendo. “¡El cielo! Eso es”. Desplegó sus Knafáims y con gran velocidad fue al encuentro de la espada del enemigo, quien se defendió como bien pudo, para después ascender hacia las nubes, gesto que imitó Abel.

El cielo teñido de negro oscureció aún más y a la incesante caída de la lluvia se le juntaron los relámpagos, descargas eléctricas que las nubes comenzaron a desatar sobre la ciudad, otorgándole una atmosfera perfecta para la batalla que estaba a punto de suceder. Ambos híbridos se encontraban ya a varios metros del suelo, siendo observables por el resto del mundo, pero a Abraham ya no le importaba ser reconocido, prefería mantener a salvo a sus amigos.

—Da igual lo que hagas, así solo retrasas su muerte —le recordó su enemigo.

—¿Qué tienes contra ellos? Yo soy tu objetivo, ven a por mí y déjalos en paz.

—La chica se ha metido donde no debía —se justificó—, y en cuanto a Abel, simplemente le odio.

—¿Por qué? Se supone que es tu hermano, tu familia.

—Tú no lo entenderías —le cortó secamente—. Has tenido a ese vejestorio cuidando de ti y dándote cariño durante todo este tiempo, yo nunca he tenido nada parecido. Sí, quizás no hayas conocido nunca a tus padres, pero tampoco has sentido su rechazo. ¿Sabes lo duro que resulta eso?

>>No tienes ni idea de lo que es esforzarte al máximo día tras día solo por querer oír un “bien hecho”, ni si quiera un “te quiero”, no, sólo un “lo has hecho bien” y que otro con mucho menos se gane todo el respeto que tú nunca has obtenido. Cuando veo que el Señor Supremo se vuelve ciego ante las evidencias de que su hijo es un traidor me dan nauseas, hasta tal punto llega su amor por él que no le deja ver la realidad. Realmente envidio eso, ojalá alguien sintiera algo tan fuerte por mí. No, nunca sabrás como me siento.

—Quizás fuera duro, pero culpar a Carlos me parece propio de un cobarde —opinó Abraham.

—¡Y como no culparle! —estalló el híbrido—. Él ha obtenido todo lo que me pertenecía a mí, yo soy el primogénito, yo nací antes. Si él nunca hubiera nacido por mucho que el Señor Supremo odiara lo que soy no tendría más remedio que amarme, sería su único hijo. Todo el calor y el amor me los ha robado él. Por lo tanto, si él desaparece, si yo ocupo su lugar, todo cambiará, tiene que cambiar, es lo único a lo que me puedo agarrar ahora mismo.

>>El Señor Supremo… me abandonó una vez —fue inevitable el que se le escaparan un par de lágrimas—, porque decidió salvarlo a él, y a mí me dejó sólo. Fue el día en que los vi por primera vez, aquellos ojos rojos, esos que duermen en tu interior, que representan la más profunda de las oscuridades. Era pequeño, estaba muerto de miedo, iba a morir en ese instante, sino fuera por Eva…

—¿Mi madre? —se sorprendió el híbrido.

—Sí, Eva, la Señora Suprema de los Butzinas, de las pocas personas que me ofrecieron su amor. Ella retrocedió entre la multitud sólo para recojerme y ponerme a salvo con el resto de palacio. Quizás no supiera nada sobre lo que yo era, pero me salvó la vida.

—¿Y aun así lucharás contra mí?

—Que seas su hijo no tiene importancia, si recuerdo el terror que me causaron aquellos ojos rojos no puedo evitar querer destruirlos, y para ello he de matarte.

—Así que matarás al hijo de tu salvadora y a tu hermano echándole la culpa de hacerte un príncipe destronado. ¡Date cuenta Abel! Estás cogiendo la salida equivocada, hay muchas otras —intentó convencerlo.

—Lo siento, pero ya está decidido —dijo con malévola sonrisa

Hizo unos cortes al aire y de su espada salieron emitidos haces de luz que sorprendieron a su contendiente, quien tuvo que esquivarlos, rápidamente intentó contraatacar con una ráfaga de rayos de ambas Atzmunts, pero su adversario se rodeó de una barrera circular que le protegió sin problemas del ataque. Abel se lanzó hacía su adversario a velocidad desorbitada, chocando los aceros y desplazando a Abraham unos cuantos metros de su posición inicial.

A partir de ahí comenzó una intensa y veloz batalla entre los híbridos, quienes cruzaban sus espadas una y otra vez moviéndose raudamente camuflados en la oscuridad de la noche. A pesar de que Abraham dominaba ahora dos armas con distinta Atzmunt, el otro pelirrojo demostraba ser capaz de valerse en desventaja con una sola.

—No puedes vencerme Abraham, da igual lo mucho que lo intentes, da igual lo que te esfuerces. Apenas un par de días con el vejestorio de Alem y tus experiencias personales durante aquellos dos meses no se pueden comparar al entrenamiento progresivo de mis habilidades que he obtenido del mejor de los maestros.

—Alardea lo que quieras. No importa lo poderoso que seas, lo fuerte que te hayas vuelto, no puedo perder; tengo algo por lo que luchar.

—¿Y acaso aún dudas de que yo no? —respondió fríamente.

Acto seguido, volvió a acometer a gran velocidad contra su oponente, consiguiendo cogerlo por sorpresa le realizó un ligero corte en la muñeca derecha provocando que soltara una de sus espadas, la cual recogió su enemigo al instante para realizar un rápido y eficaz golpe. La Knafáim inferior diestra fue arrancada limpia y dolorosamente con un haz de luz emitido por la espada.

—Jaque mate.

Abraham estalló en un grito al sentir aquel dolor profundo, como ningún otro que se pudiera imaginar. Sin poder evitarlo perdió el equilibrio e, incapaz de seguir manteniendo el vuelo, cayó sin remedio hacia el interior de la red de callejones. Abel, como si de un ave rapaz que después de divisar a su presa se dispusiera a cazarla, se lanzó en picado hacia el híbrido, con las espadas cruzadas en torno a su pecho.

—¡Muere, monstruo! —profirió.

Hizo un ligero movimiento con ambos brazos, terminando estos extendidos hacia lados opuestos, terminando los aceros ligeramente manchados de sangre. Dos cortes rápidos, precisos, limpios, segaron dos Knafáims sin demasiada dificultad.

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