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“El ocaso del alba”: Capítulo 10 – El sueño de Caín (1/3)


 

CAPÍTULO 10

El sueño de Caín — Parte 1

En la oscura estancia Lilith se aposentaba cómodamente sobre su trono, satisfecha tras el recital de lujuria que le ofreciera el Kardinuta que ahora se disponía a marchar, aunque en seguida se detuvo.

—Mi Suprema Señora…—murmuró.

—¿Deseas algo más Eblis? ¿Aún no estás satisfecho? —río burlona.

—No es eso —negó vergonzoso—. Verá, los soldados se han estado quejando de que hace mucho tiempo que no se da ningún tipo de orden, y eso junto a la falta de resultados y los avances del enemigo provoca una cierta incertidumbre en ellos.

Lilith no pudo evitar estallar en una fuerte risotada que primero desoriento a Eblis y después acabó molestándolo.

—Mi Suprema Señora, no entiendo ese comportamiento, sabe lo importante que es esta misión para la supervivencia de la raza —alzó la voz cortando en seco la risa de la reina de los seres de oscuridad.

—¿Qué no hemos hecho nada Eblis? —preguntó en tono seco—. Hemos estado haciendo mucho más de lo que crees. Por desgracia ha sido un tema que he tenido que llevar en el más absoluto de mis secretos, espero me puedas perdonar.

—Y, ¿puedo saber ahora que me lo habéis confesado, de qué trata ese secreto?

—Bueno, en resumidas cuentas consiste en vencer al enemigo usando su misma arma.

—No comprendo.

—Tranquilo, sé de alguien que te podrá dar más detalles, pues él ha sido el artífice de este plan, ¿no es así, mi Supremo Sanador Matus? —le preguntó al anciano que emergía de la profunda oscuridad de la estancia.

—¡¿Matus?! —reaccionó instantáneamente Eblis, llegando a blandir su lanza de oscuridad—. Mi Suprema Señora, ese hombre fue desterrado hace años por el Supremo Señor Adán, es considerado un peligro para nuestra raza. Además, ¿cuánto tiempo se supone que lleva aquí?

—Tranquilo Eblis, acaba de llegar —le aclaró tras reír levemente—. También soy consciente de los cargos impuestos por mi hermano, pero con mi poder actual no es ningún problema el hacerles caso omiso. Es una pieza fundamental en esta misión cómo he dicho antes.

—Bien, ¿podríais decirme entonces en que consiste vuestro plan?

—Es muy sencillo, joven —intervino Matus—, cuando el enemigo posee un arma superior a la tuya, ¿qué debes hacer?

—Supongo que crear una de igual o mayor potencia.

—¡Exacto! —exclamó—. Y nos hemos aprovechado del pasado para ello.

—Verás —intervino Lilith ante la expresión confusa de su Supremo Caballero—, hace muchos años cometí un error, un error muy grave. Pero lo cierto es que ese error que cometí, hoy lo puedo enmendar gracias al poder de Matus, que ha hallado con la clave para resolver este conflicto.

—¿Qué clave? Sigo sin comprenderlo —insistió nuevamente el guerrero Kardinuta.

—¿Pero aún no lo has entendido mi querido Eblis? Ya te lo hemos dicho…

—El fuego se combate con fuego —terminó Matus la frase mientras esbozaba una siniestra sonrisa.

***

—¿Cómo puede ser posible? —se cuestionaba Abraham todavía confuso—. Se… ¡se suponía que yo era el único! Pero… ¡pero hay más híbridos! ¿Porque es un híbrido, no? Pero se suponía que era un Butzina… No lo entiendo… ¡No lo entiendo!

A las palabras de desesperación del pelirrojo le acompañaban el silencio incrédulo de Caín, el desorientado de Sandra y el burlón de Abel, que tras descubrirse como quien realmente era sonreía demoniacamente.

—¿Y bien hermano? —preguntó, rompiendo la ausencia de sonido—. Esta es tu última oportunidad, ¿Estás con nosotros o con ellos?

El Butzina pareció despertar de su estado de perplejidad, intentando mantener la compostura, respondió desafiante:

—No…—trago saliva—, no sé si realmente eres mi hermano o no. Ya no sé qué eres. No deseo ni quiero hacerte daño, pero aún menos deseo que aquellos que me han enseñado a vivir mueran. Por eso, les protegeré aunque lleve las de perder.

—Ya veo… —una enorme sonrisa decoró su rostro—. Lo cierto es que disfrutaré con esto —mencionó mientras le otorgaba Atzmunt oscura a su espada.

De nuevo los dos hermanos hicieron resonar sus espadas, chocando la una contra la otra una y otra vez. No podían evitar que se les viniera a la memoria recuerdos de un pasado no muy lejano en el que realizaban ese tipo de contiendas en las que reinaba una gran rivalidad entre ambos y en las que el Butzina se erguía vencedor siempre. Pero en esta ocasión muchas cosas habían cambiado, no luchaban por  el mero orgullo, ambos tenían algo que defender y por lo que realmente luchar.

Los choques se repetían, una y otra vez, también las habilidades de esquive se hacían patentes y ambos demostraban conocerse muy bien, no en vano, habían entrenado juntos de pequeños. En aquel tiempo probablemente nunca se hubieran imaginado que llegarían a enfrentarse de esa forma, siendo enemigos reales. Se preguntaba Caín durante cuánto tiempo habría estado su hermano ocultando su auténtica naturaleza, pero de nada servía cuestionarse por ello, ahora tenía un objetivo que realizar: proteger a sus amigos, aun cuando debiera pelear contra su propio hermano, al que tanto quiso durante su vida como Butzina y al que ahora no era capaz de reconocer.

—¿Sabes, hermano? —comentó Abel durante uno más de los múltiples choques entre ambos—. Él siempre te tuve un enorme aprecio, tanto aprecio como desprecio me tuvo a mí.

—Eso no es cierto —respondía Caín mientras deshacía el choque para enzarzarse en otro seguidamente—. Padre siempre nos ha dado un gran cariño a los dos.

—No, tu sabes que no Caín. Hasta hace poco, nunca comprendí el por qué, pero ahora lo entiendo: el Señor Supremo me odiaba porque conocía mi verdadera naturaleza. Él siempre lo ha sabido y me lo ha mantenido oculto, guardando un gran resentimiento hacía mí solo por ser como soy. Por eso te ama tanto, porque tú eres puro, no como yo —Caín se mantenía escéptico ante lo que le contaba su hermano, aunque su corazón reconocía como verdad el hecho de que su padre le prestara más atención a él que a Abel, eso era algo para lo que siempre había querido estar ciego—. Pero eso cambiará, cuando cumpla la misión en la que tú has fallado, él tendrá que reconocer tu traición y mostrar un mínimo de respeto hacia mí. Obtendré aquello que me ha faltado durante todo este tiempo y que tú me has robado.

Ambos se desplazaron hacía direcciones opuestas, y realizaron un intercambio de ráfagas de luz y oscuridad que desviaban con sus armas. El príncipe Butzina estaba impactado por todo lo que le acababa de escuchar decir a Abel, no tenía idea de que su hermano le guardara tanto rencor.

—¡Dime Caín! ¡Tú que eres el heredero al trono Butzina! ¿Tan dispuesto estás a proteger a tus amigos? ¿Tanto significan ellos para ti que traicionas a tu raza y enfrentas a la sangre de tu sangre? ¿Para qué los quieres Caín? —le increpó mientras desviaba una esfera de luz y contratacaba con otra de oscuridad—. Lo tienes todo, podrías dominar el universo si tú quisieras. Y en cambio, lo desperdicias todo porque has hecho “amigos” ¡Me das asco!

—Ellos… ¡ellos lo son todos para mí! —contestó meintras se esforzaba en evitar ser golpeado por los ataques del híbrido—. Antes de llegar a La Tierra… antes de conocerlos, mi vida estaba vacía, apenas era una máquina, preparada concienzudamente para cumplir con un único objetivo y para sustituir a padre en el futuro, pero aquello no era vida. Cuando llegué a este planeta y conocí a Sandra y a Abraham, mi vida cambió, conocí lo que es realmente estar vivo, el disfrutar de las pequeñas cosas, conocí lo que era la amistad.

>>Todo lo que he vivido con ellos, todo lo que me han enseñado, vale mucho más que todos aquellos años de duro entrenamiento e insoportable presión. Por eso… por eso estoy tan dispuesto a protegerlos Abel. Puede que a tus ojos sea la mayor tontería del universo y no signifique nada, pero para mí, ahora mismo, lo significa todo —afirmó con decisión en la mirada.

—Entiendo —respondió fríamente—. Entonces, supongo que lo que más dolor te causaría sería que desaparecieran, ¿no? —preguntó con una burlona sonrisa mientras elevaba su brazo libre.

Caín se giró inmediatamente, comprobando que Abraham y Sandra continuaban en el mismo lugar, observando la batalla petrificados y sin saber qué hacer. Fue un error suyo el no haberles mandado huir mientras se enfrentaba a su hermano. Volvió a observar a este y comprobó con horror que apuntaba con el dedo al lugar donde se situaban sus amigos mientras un destello de luz se formaba en él.

Nuevamente tuvo que aprovecharse de  la poca y escasa luz que había en el lugar y realizar un esfuerzo para interceptar a tiempo el rayo que mortalmente se dirigía a acabar con la vida de sus distraídos amigos. Otra vez consiguió desviarlo con su espada de luz, no sin reparar en el hecho de que el rayo fuera finalmente de oscuridad para su conmoción.

—Dime Abel —se dirigió al híbrido—. ¿Sabías que yo me interpondría entre el rayo y ellos, no? —como respuesta solo obtuvo una maquiavélica sonrisa—. Ya veo, así que llevarás esto hasta las últimas consecuencias, hasta mi muerte si fuera necesario —dijo mientras una lágrima resbalaba por su mejilla, confundiéndose con las gotas de lluvia.

—Ya te lo he dicho Caín, lo que más ansío es ocupar tu lugar —comentó impasible.

El príncipe Butzina entendiendo la situación, le dirigió una fulminante mirada y se preparó para continuar con el combate. Abraham, quien había despertado de su ensimismamiento, hizo el gesto de levantarse, cruzándose de nuevo con el acero de Caín cortándole el paso.

—Coge a Sandra y marchaos de aquí —ordenó.

—Pero…

—¡Cógela y marchaos de aquí! ¡Lo más lejos posible! ¡Yo os protegeré! Aunque tenga que acabar con la vida de mi hermano…

El pelirrojo dudó unos segundos, y estaba decidido a hacerle caso cuando se dio cuenta de algo: estaba a punto de huir de nuevo y eso no se lo podía volver a permitir.

—¡No! —le respondió a su amigo.

—¿Qué? —contestó sorprendido, apartando la mirada de su enemigo para atender al híbrido.

—No me iré a ninguna parte —dijo con una seguridad impropia en él—. No dejaré a un amigo tirado —Caín lo observaba estupefacto.

—Lo agradezco profundamente —aseguró con una mueca de agradecimiento—, pero no es necesario. Huye de aquí y llévate a Sandra contigo —insistió.

—¡Dije que no! —repitió Abraham mientras desplegaba sus Knafáims—. No huiré más. No tienes por qué hacer esto sólo.

—Abraham… —murmuró—.

—Yo tampoco huiré —les interrumpió la pelirroja—. Quizás yo no tenga ningún poder y no pueda ayudaros de ninguna forma, pero no pienso dejarlos solos.

—Aunque no huyas, prométenos que te mantendrás a salvo mientras arreglamos esto —le pidió el híbrido. La pelirroja asintió.

—Chicos… —comentó emocionado el príncipe Butzina, llegando a tener que secarse las lágrimas de los ojos—. Gracias, muchas gracias. Sois los mejores, en serio —dirigió su mirada nuevamente a su hermano—. ¿Ves, Abel? Esto es a lo que me refiero, esto es por lo que lucho, esto es por lo que creo que merece la pena vivir.

—Realmente emotivo —respondió sarcásticamente el híbrido—, pero creo que ya he aguantado suficientes lecciones de moralidad por hoy. Vayáis de uno en uno o los dos a la vez dá igual. De hecho, me estáis facilitando el trabajo. ¡Empecemos ya con la auténtica fiesta! —aseguró mientras sacaba del interior de su vestimenta una nueva espada a la que dotó de Atzmunt lumínica, portando armas con ambos tipos de energía.

—————————————————

Hola lectores!

Os recuerdo que este es el último capi de “EODA: Alba”, que terminará de aquí a dos semanas, mas no os preocupeis, estamos trabajando en un recopilatorio de esta primera parte para que podais releer las aventuras de nuestro querido Abraham que verá la luz nada más terminé de publicarse esta.

Y ya estoy preparando material interesante para animar el blog mientras dure el parón.

Saludos atentos desde La cloaca.

Mickael Vavrinec

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