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“El ocaso del alba”: Capítulo 7 – Lo que fuimos (2/2)


 CAPÍTULO 7

Lo que fuimos – Parte 2

—Mal. Ella está mal. Su estado de ánimo ha ido decayendo en los últimos meses. Desapareciste de la noche a la mañana, sin dejar rastro, sin avisar, como si fueras un fantasma. ¿Si fuera al revés que sentirías? Un extraño desconcierto, alguien a quien quieres de repente se esfuma y no tienes ni la menor idea de donde puede estar. Buscas a sus familiares para preguntarles, pero también han desaparecido…

—¿Alem también desapareció? —le cortó el híbrido.

—Desconozco sus razones, pero así es. Continuando con Sandra, realmente sufrió con tu desaparición, la que más sin lugar a dudas, a la semana de que desaparecieras logró ella solita movilizar a la ciudad entera para que iniciara tu búsqueda, ¡hasta vino la televisión y todo! Pero ya sabes cómo son estas cosas, si al poco tiempo no hay resultados, la gente lo olvida —Abraham afirmó con la cabeza, era una situación muy típica en los medios de información—. Pero ella nunca desistió, siguió pegando carteles con tu foto por ahí e incluso organizando pequeñas batidas de búsqueda a los montes de alrededor.

>>Dedicó tanto tiempo a buscarte que descuidó su preparación académica. Sus notas han bajado, casi rozan el suspenso. Estamos en exámenes finales a punto de sacarnos secundaria y ella pende de un hilo. Sufre de depresión últimamente. Apuesto a que cuando te fuiste, no pensaste en que pudieras ocasionar esto.

El pelirrojo se quedó mudo, recibió cada información como una pedrada en la cabeza, ¿cómo podía haber sido tan desconsiderado?

—No, nunca lo pensé —fue lo máximo que pudo articular.

—Debiste haberlo hecho —le recriminó—. Igualmente, deberías visitarla o algo, aunque sea sólo para decirle que estás bien y darle cualquier excusa que la satisfaga del que porque te fuiste sin avisar.

—No puedo… No puedo verla en mi estado actual. Ya no soy un humano.

—No es lo que eres Abraham, es lo que sientes ser.

—¿Acaso tú te sientes humano? —preguntó curioso.

—Hoy en día ya no tanto… pero hubo una época en la que me sentí completamente humano, no sé si la recuerdas.

Los dos amigos comenzaron a rememorar al unísono el comienzo de su amistad:

—Así que esto es una escuela terrícola, el lugar donde se educa a los humanos… Realmente luce aburrida… No debería poner pegas, fui yo quien le pidió a Padre el poder insertarme en el sistema educativo de este planeta y aprender de los conocimientos que han recogido acerca del universo desde su punto de vista.

>>Veamos, ya he estado estudiando por mi cuenta y, según los informes, el nivel educativo que tengo actualmente se corresponde al nivel 3 de la educación secundaria, en el cual suelen estar los humanos de… ¡¿15 años?! ¡Pero si yo tengo 18! A ver, según la información adquirida ciertos humanos de mayor edad acostumbran a tener que repetir el mismo nivel debido a que no son capaces de superarlo… ¡Oh, genial! Ahora resulta que he de hacerme pasar por un imbécil… lo que me faltaba.

Con una larga melena rubia y unos azulados iris, caminaba un esbelto muchacho por el instituto local de aquella ciudad de provincias a la que había ido a parar por mero azar. Por sus movimientos y su clara desorientación, era fácil adivinar que se trataba de un nuevo alumno. Así recibió las miradas acusadoras de los estudiantes que lo tachaban de nuevo con ellas el primer día de clase.

—Mi nombre es Carlos, tengo 18 años y me encuentro repitiendo tercero de la ESO. Acabo de mudarme recientemente a esta ciudad por decisión propia con el fin de acabar de una vez mis estudios —fue lo que dijo para presentarse ante la muchedumbre reticente que le recibió.

Durante el transcurso de la mañana intentó contactar con aquellos seres con los que le tocara convivir, mas no recibió el trato esperado. Ante cualquier intención de comenzar una conversación, la respuesta era un “piérdete nuevo” o un simple silencio en señal de descortesía. Ni siquiera parecía que aquellos chavales le respetaran por el mero hecho de aventajarles en edad. Eso sí, el trato hacia su persona no paso más allá de una mera indiferencia o ignorancia, lo cual prefería a un continuo acoso en el que estaba claro que por su condición de seres inferiores, tal y como le enseñaran, saldrían perdiendo. Pero prefería evitar ese tipo de situaciones; Caín no era una persona violenta cuando la situación no lo requería, incluso odiaba el hecho de que unos seres usaran su superioridad para aprovecharse de otros. Así fue que con esta ideología cambiaría su vida en La Tierra.

Después de llevar un par de semanas integrado en el sistema educativo terráqueo, ya había descartado totalmente la posibilidad de entablar cualquier tipo de relación con sus compañeros, por lo que se dedicaba únicamente al estudio, razón por la que se encontraba allí, en compaginación con la misión que se le había asignado. Pero, en uno de esos días extraordinarios, en los que en vez de usar el tiempo de recreo que los humanos utilizaban como descanso entre las clases para ir a la biblioteca a avanzar en sus estudios y subir de nivel lo más raudo posible a uno en el que no se sintiera tan incómodo, decidió darse un paseo por el patio para tomar un poco de aire y observar los modos de entretenimiento de los humanos.

Después de ver un partido de un deporte muy popular denominado fútbol, consistente en introducir un balón en un área delimitado por una estructura con forma de prisma tetraédrico llamada portería, el cual le resultó ciertamente tedioso y simple, se dirigía a retomar las clases cuando de repente escuchó unas voces cerca de la salida del instituto que le llamaron la atención. Siguiéndolas se encontró en escena a tres chicos de curiosos estilos de vestimenta a su parecer, los cuales parecían atosigar a otro de cabello rizo anaranjado y a una chica del mismo tono de color de pelo.

—Venga, zanahoria, danos el dinero de hoy. Ya sabes que debes pagar una cuota diaria a cambio de que no te molestemos —decía el más obeso de los acosadores.

—Te juro que no tengo nada, hoy se me olvido el dinero del almuerzo en la mesa de la cocina, por favor, dejadnos marchar a clase —suplicaba el chico.

—Dice la verdad, por favor, déjalo Roberto —defendió la pelirroja a su amigo.

—Calla guapa —le respondió groseramente—. Aunque, quizás pudiéramos resolver esto de una forma en la que nadie salga perjudicado. Ten una cita conmigo y le dejaré en paz.

—¿Contigo? —contestó la chica asqueada—. Ni en tus mejores sueños. Déjanos irnos ya —y la chica le escupió en la cara al obeso acosador.

—¿Pero quién coño te has creído que eres, niñata? Ahora tu amigo recibirá el doble por tu culpa. Borja, Rubén, agarradla y no dejéis que escape —los dos compañeros de trifulcas de Roberto, que eran fácilmente identificables por sus peinados al estilo punk y metalero respectivamente, agarraron a la pelirroja fuertemente, resistiendo sus intentos de fuga. Luego el cabecilla dirigió su mirada a Abraham—. En cuanto a ti, no habiendo dinero ni chicas, sólo te queda pagar de otra forma.

Lo agarró fuertemente por el cuello de la sudadera y lo empotró contra el muro de la escuela. Apretó el puño y lo levantó hacia atrás, cogiendo impulso para soltarlo con todas sus fuerzas contra el muchacho. Antes de que realizara el fatídico movimiento, alguien le agarró el brazo, impidiéndole ejecutarlo.

—¿Pero qué coj…? —se quejó Roberto al verse impedido, a la vez que giraba la cabeza para encontrarse con las azules pupilas de quien lo detenía.

—Déjalo en paz —dijo este con contundencia.

Así pues, Caín finalmente decidiera intervenir tras observar detenidamente la situación. Sus principios le llevaban a hacerlo, no podía permitir que un ser abusara de otro solamente porque fuera superior, la superioridad no implicaba aprovecharse del inferior, sino ayudarlo. Entonces comprendió que no debía seguir despreciando a aquellos seres inferiores, sino ayudarles y aprender de ellos. Y el que fue víctima de tal dicha fue el joven Abraham, que observo con ojos de admiración a su salvador.

—¿Quién coño eres? Apártate —ordenaba enfurecido el abusador al Butzina.

—¿Le vas a dejar en paz?

—No es asunto tuyo rubito, ¿por qué te preocupas por unos renacuajos como nosotros?

—Porque alguien debe enseñaros que es lo que está bien y que es lo que está mal gordinflón —respondió a la vez que le retorcía el brazo, colocándose a su espalda.

—¡Ahhhh! —se quejaba dolorido—, ¡Suéltame capullo! Chavales, ayudadme —les ordenaba.

Rubén y Borja dejaron sus quehaceres con la pelirroja para ir en rescate de su líder, mas, aun estando en ventaja, dos contra uno, y pudiendo Caín solo usar un brazo, la destreza e inteligencia que mostró este usando al acosador principal como escudo y midiendo bien sus golpes, tal y como le enseñaran durante su preparación militar, le sirvió para dar buena cuenta de los abusones, quienes terminaron por ceder, marchándose en retirada.

—Eso es, corred como las gallinas que sois —se reía el príncipe. Después se dio la vuelta para atender al chico.

Este estaba siendo ayudado por su amiga para incorporarse, y no paraba de mirarle con unos ojos de gratitud que en cierto modo incomodaban al Butzina.

—¿Estás bien chaval? Creo que esos zoquetes no te molestarán en un tiempo —dijo sonriendo para acabar con esa sensación de molestia.

—Muchas gracias —fue todo lo que le respondió.

—No hay de qué —dijo Caín mientras eludia la mirada, verdaderamente le molestaba la situación. Estaba a punto de regresar a las clases cuando el muchacho volvió a dirigirle la palabra.

—Perdona, ¿cómo te llamas?

—Carlos, mi nombre es Carlos.

—Carlos… Mi amiga se llama Sandra, y yo soy Abraham. Si algún día pudiera hacer algo por ti… seguramente este sea tu último año, pero si puedo hacer algo por ti, sólo pídemelo —ofreció el pelirrojo.

—No lo creas, aún voy en tercero, si, ya sé lo que piensas… —pero contrario a lo que Caín pensaba el chico pareció restarle importancia a ese dato.

—¡Perfecto! Yo también voy en ese curso, si algún día necesitaras los deberes o un trabajo o cualquier cosa, sólo pídemelo, por favor.

Carlos sabía que aquello le era innecesario, pero vio al chico tan ilusionado que acabo cediendo en cierto modo.

—No quiero tus deberes ni tus trabajos… pero si lo deseas, quizás podamos quedar algún día para estudiar —ofreció como compensación.

—Por supuesto —afirmó eufórico el pelirrojo, y los dos muchachos se chocaron las manos en lo que sería el comienzo de una gran amistad.

Así fue, lo que empezaron siendo quedadas para jornadas de estudio más por cortesía que por necesidad, acabaron convirtiéndose en reuniones meramente ociosas para realizar cualquier tipo de actividad que incluyera diversión.

Después de aquel encuentro, los tres abusones volvieron a meterse con Abraham un par de veces más, hasta que observaron que mientras contara con la amistad de Carlos, nada sacarían bueno de allí. Poco a poco, los abusos fueron decreciendo, habiendo largas épocas de paz para el pelirrojo. Abraham agradecía en sobremanera la protección que le ofrecía su amigo, y Carlos fue correspondido conociendo lo que era la amistad y la diversión en La Tierra. Fueron tiempos felices para los tres chicos. Pero tiempos que ya no volverían.

—¿Lo recuerdas, verdad? —cortó de esta manera Caín el hilo de recuerdos que mantenía a ambos ensimismados.

—Si, lo recuerdo —afirmó Abraham con una nostalgia en la mirada y una pequeña sonrisa en el rostro.

El resto del camino fue dominado por un silencio atronador que dejaba a los dos amigos a merced de sus pensamientos y cavilaciones. Finalmente, el príncie Butzina le índico a su amigo que habían llegado a su destino.

El gran bosque a las afueras de la ciudad, situado al pié de las grandes colinas, presentaba un aspecto lúgubre al ser bañado por la luna llena, las ramas movidas a merced del viento y el sonido de la corriente del río que lo atravesaba. Fuera un lugar de aventuras y diversión en la infancia del pelirrojo, y un buen lugar donde retirarse en busca de paz en tiempos más recientes, un lugar en el que ambos habían estado incontables veces juntos en el pasado y al cual guardaban un especial cariño.

—¿Por qué me has traído aquí? —se aventuró a preguntar el híbrido.

—Siéntate, sólo quiero que hablemos un rato —respondió.

—¿Sobre qué? —preguntó intrigado.

—Sobre lo que somos.

—————————————–

El pasado es el pasado por más felices que nos haga recordarlo. El futuro puede ser un nido de esperanzas o de desesperanzas dependiendo de como lo afrontemos.

En el próximo capítulo de “El ocaso del alba”

Capítulo 8 – Lo que somos

Lo único que realmente importa es el presente.

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