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“El ocaso del alba”: Capítulo 7 – Lo que fuimos (1/2)


 

CAPÍTULO 7

Lo que fuimos – Parte 1

—¡ Papá! ¿Dónde estás papá? Tengo miedo.

Un pequeño niño asustado buscaba a su padre entre la marabunta de gente que corría alarmada. En medio de la confusión fue empujado y consecuentemente cayó al suelo. Se protegió la cabeza con las manos ante el miedo de ser pisoteado por la multitud. Una vez dejo de escuchar ruido, se levantó… y se encontró totalmente sólo. Alzó la vista al cielo y allí las encontró: dos esferas rojas, relucientes, que lo miraron fijamente provocándole el mayor de los terrores posibles.

—¡Aaaahhhh! —se despertó sudoroso y nervioso—. Otra vez esa pesadilla —dedujo mientras atusaba su rubia cabellera—. Cada vez se repite con más frecuencia.

Movió la cabeza bruscamente, intentando olvidarse de lo que acababa de soñar. Cuando se disponía a volver a rendirse en brazos de Morfeo, se incorporó bruscamente al observar una extraña figura al fondo de la habitación. No pudiendo definir su presencia se colocó en guardia.

—¿Quién anda ahí? —pregunto a la vez que desplegaba sus blancas Knafáims, dispuesto a luchar si fuera necesario.

No hubo respuesta verbal, la figura únicamente avanzó hacia el muchacho para hacerse más visible. Con una mueca sonriente elevó sus manos para mostrar lo que cargaba consigo ante la sorpresa del chico: dos Knafáims negras.

***

El frío de la noche no lo cogiera por sorpresa. Aunque no se esperaba tal adversión metereológica en una época tan cálida como la veraniega, su escasa ropa, compuesta por un largo pantalón de chándal, una camiseta rota, un sucio abrigo y un viejo sombrero, le protegiera de ello.

Acurrucado contra la pared de uno de aquellos estrechos callejones que inundaban el centro de la ciudad en la que pasara la práctica totalidad de su vida y en los que tantas cosas viviera en los últimos tiempos, intentó conciliar el sueño, sintiéndose seguro.

—Mierda —susurró—. Parece que no equilibré correctamente mi Atzmunt.

Una oscura figura se dirigía a su encuentro velozmente.

—Tú —pronunció la desconocida voz—. Tú eres… —antes de que pudiera terminar la frase su pecho fue atravesado por el puño del muchacho, que irradiaba una luz cegadora. Con una sádica maniobra, reventó el corazón de su contrincante raudamente.

—¡Dejad de tocarme los cojones de una puta vez! —sentenció rabioso el híbrido.

Una vez asesinó a su contrincante, meticulosamente arrancó las Knafáims del cuerpo de este y las desintegró. Mientras observaba como el ser desaparecía, se paro a pensar en la deshumanización que había sufrido en los últimos dos meses, pues ahora era capaz de matar sin tener el más mínimo remordimiento de ello.

Se preguntó en un par de ocasiones si esa transformación moral se pudiera deber a que el Rashá cada vez tomaba mayor control de su cuerpo, pero desde la batalla contra Rafael, no volviera a sucumbir ante la bestia. No, era simplemente la ley de la naturaleza, el matar o morir, así de sencilla era la explicación.

Recordaba la primera vez que se viera obligado a segar la vida de uno de ellos, fuera durante los primeros compases de su huida. Casi fuera un accidente, a los pocos días de escapar, fue interceptado por un ser de luz, seguramente la razón por la cual fue descubierto se debió a la estúpida idea de usar sus Knafáims como medio de transporte para huir más rápido. Este hecho posibilito que fuera más perceptible y permitió al enemigo localizarle.

Casi sin darse cuenta, se viera inmerso en una repentina batalla contra su perseguidor, y, producto de una intuición de no querer ser descubierto por más seres, no fue quien de controlar sus fuerzas y atravesó el corazón de su adversario. Recordaba perfectamente lo mal que lo pasara en las horas siguientes, aquel sentimiento de culpabilidad que le destrozaba el alma y lo hacía aterrarse ante la acción que cometiera. Solo fue una vez pasado el pánico, que recordó la forma de eliminar los cuerpos de los seres de energía y procedió a ello.

Más tarde siguió sintiendo el acoso de los seres de luz y de oscuridad, y se fue acostumbrando a asesinarlos a todos y cada uno de ellos, fueran uno sólo, o, como se dio en un par de ocasiones, un grupo más numeroso. Pero con el tiempo entendería que aquello no servía para nada más que para aumentar su agresividad.

—Así que finalmente te has dignado a regresar —le sorprendió una voz familiar en medio de sus divagaciones.

Abraham reaccionó rápidamente al observar el rostro de su interlocutor y se lanzó hacía él, dispuesto a no darle una sola oportunidad de atacar. Caín respondió raudamente y, con una agilidad extraordinaria para la poca luz que iluminaba el lugar, logró inmovilizar a su amigo, agarrándole por las Knafáims.

—Veo que te has acostumbrado a rendir tributo a la muerte —comentó el príncipe al observar el cuerpo en proceso de desaparición de la última víctima del híbrido.

—Yo le ofrezco seres de energía, todos aquellos que me tocan las pelotas yo se los envío. Es lo único que he hecho en los últimos dos meses, así que no me supone nada enviarle alguno más. El pasado ya no importa —concluyó.

El príncipe de los seres de la luz le dirigió una fría mirada.

—No lo creo —contestó simple, pero contundentemente—. De todas maneras, quien sólo ofrece muerte, sólo acabara recibiendo muerte.

—¿Y serás tú quien me la dé? —preguntó en tono bravucón.

Caín dejo escapar una ligera sonrisa.

—No… Al menos no hoy —comentó, y entonces soltó al híbrido, quien moría de rabia al ver como el príncipe se reía de él de aquel modo.

—¿Quién coño te crees que eres? Sólo un arrogante y mezquino ser que se limita a seguir las órdenes que le dictan, eso es lo que eres.

—Puede ser —respondió provocando la sorpresa del pelirrojo—. Pero, sólo por hoy, sólo por esta noche, déjame volver a ser Carlos, simplemente tu amigo. Así que, por favor, repliega y guarda tus Knafáims y acompáñame si no es mucha molestia.

Las palabras de su amigo desconcertaron al muchacho, que a su vez notó en ellas el detonante necesario para despertar la poca humanidad que le podía quedar. Así pues, le hizo caso y le siguió, alejándose de la pequeña protección de aquellos callejones.

—De verdad te ves horrible —comentó Carlos al salir a las calles principales—. ¿En dónde has encontrado esa ropa de mendigo?

—No quieras saberlo, realmente he cometido alguna ilegalidad humana para poder arroparme tras que mis ropas quedaran rasgadas y rotas tras cada batalla. No me mires así, no he matado, sólo he robado, no tenía otra opción —aclaró ante la mirada acusadora del rubio chico—. Mis ropas actuales son producto de mis últimos hurtos.

—No todas —aclaró el príncipe de la luz—, ese sombrero me resulta demasiado familiar.

Abraham calló un momento antes de proceder a explicarse:

—¿Quieres decir que es el sombrero de Alem? Lo desconozco, pero si es cierto que se parece mucho al que mi abuelo solía llevar. Lo encontré justo antes de partir, tirado por los callejones. El intentó matarme, entre eso y que tú también lo intentarás, fue por lo que hui. Me llevé esto como recuerdo, como una especie de recordatorio de que algún día hubo quien se preocupo por mi, es lo único que he conservado desde el principio hasta el fin del viaje.

—¿Qué Alem intentó matarte? —preguntó extrañado Carlos al recordar aquella situación—. Bueno, eso no es del todo… —antes de que terminara de hablar, se sorprendió al agarrar el sombrero con el fin de observarlo—. ¡¿Qué le has hecho a tu pelo?!

—Antes de volver me lo he rapado, al cero, aunque aún conserva su tono anaranjado.

—¿Por qué?

—Para no ser identificado por los humanos, entre eso y las vestimentas creí que sería difícil, de hecho estoy seguro de que tú me encontraste por mi aura.

—¿Humanos? —repitió su amigo—. Apuesto a que desde que eres consciente de tu naturaleza nunca los has llamado así, incluso hasta hace poco aun te has sentido parte de ellos, ¿a qué viene esa postura arrogante?

—Me he dado cuenta de que realmente los únicos humanos a los que he conocido no han sido más que estúpidas y denigrantes criaturas.

—Así los calificas —le reprochó—. ¿Qué hay de Sandra?

El pelirrojo enmudeció al escuchar el nombre de su amiga, a la cual parecía haber prácticamente olvidado desde su huída.

—Por eso te escondes en los callejones y te vistes de esa manera, ¿no? No es porque te encuentren aquellos a los que conociste en el pasado e indirectamente te descubran, no, la razón es mucho más simple: te escondes de Sandra.

—Eso no es cierto —se limitó a rebatir el híbrido.

—Sólo hay que pensarlo un poco, ¿qué es lo que más teme Sandra? La oscuridad. ¿Dónde acostumbra a estar más oscuro en esta ciudad? En los callejones. ¿Por qué Sandra siempre se niega a usar sus atajos aun cuando llegaríamos más pronto a muchísimos sitios? Porque les teme.

>>Por lo tanto, te escondes en los callejones porque sabes que ella no te encontrara allí, y que en el último caso de que lo haga, no te reconocerá debido a tus pintas estrafalarias, pero sabes una cosa, yo pienso que aun vestido así, ella sería quien de reconocerte.

—Deliras —respondió Abraham, aunque en realidad se daba cuenta de la verdad que guardaban las palabras de su amigo y que él mismo no había reconocido para sí hasta ese momento.

—Y sólo hay una razón por la cual te escondes de ella: tienes miedo de que te vea en tu estado actual, en el cual eres mas híbrido de Butzina y Kardinuta que humano, temes que ella no te acepte, que la última persona a la que quieres también acabe repudiándote, a eso le temes. Pero estás aquí, por lo que te das cuenta de que con tu ausencia también le has causado daño.

—Te equivocas —le cortó—. La única razón por la que he vuelto es porque me he dado cuenta de que mi huida no tenía ningún sentido. Por más que huía de mis problemas, ellos me perseguían y me obligaban a enfrentarlos, así que llegó un momento en el cual no tenía sentido seguir huyendo y decidí dejar de huir. Por eso he vuelto, para afrontar y eliminar mis problemas —sentenció dirigiendo una afilada mirada a Carlos que pareció romper el ambiente de cordialidad que había hasta el momento.

Mas el rubio muchacho, lejos de entender aquella declaración como una amenaza, observó que la huida que había realizado su amigo si sirviera para algo: había vuelto mucho más maduro de lo que se fuera.

—Dime… ¿Cómo está ella? —preguntó Abraham inconscientemente, rompiendo el silencio que se produjera entre ellos desde hacía un rato.

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