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“El ocaso del alba”: Capítulo 6 – Sin razón de ser (2/2)


CAPÍTULO 6

Sin razón de ser – Parte 2

Allí dejó el cuerpo inerte del Kardinuta, observándolo con desprecio. Con el buen hacer de un asesino que no deja ni el más mínimo rastro de haber cometido su crimen, arranco cuidadosamente las Knafáims del guerrero, y se sentó a observar aquel espectáculo: la vuelta al estado primitivo de los seres de energía. Del universo venían, al universo volvían. “Que ironía”. Reflexionaba el príncipe al observar aquello. Probablemente algún día también le tocaría a él volver a convertirse en energía, pero por el momento debía cumplir con su objetivo.

Una vez el cuerpo de su víctima despareció totalmente, desintegró las Knafáims y se levantó, miró a ambos lados intentando adivinar en qué dirección se fugara la presa, para finalmente intuir que seguramente su compañero ya estaría dando cuenta de ella, y a su encuentro se dirigió.

Siguiendo el rastro del aura de luz, se topó con una curiosa imagen: el príncipe híbrido, Abraham, yacía inconsciente a pies de su tío y compañero en esta peligrosa misión, Rafael. Mas este parecía absorto en otras cuestiones, con la mirada dirigida hacia el otro lado del callejón. Buscando la fuente del interés de su compañero, Caín también encontró al desgastado aunque poderoso anciano. “¿Alem?”. Se preguntó.

Casi sin mediar palabras, este se lanzó a combatir contra el Supremo Caballero Butzina. Caín no intervino, no fue capaz, el comportamiento que desarrolló el anciano en la batalla no coincidía con el que se le conocía, y sus técnicas eran impropias. Así pues, no sabiendo a que se enfrentaba y paralizado por el desconocimiento, comprobó absorto el combate hasta que Rafael, totalmente ciego y con graves heridas por todo el cuerpo, se vio obligado a abandonar la misión.

Abraham abrió los ojos, sintiéndose muy débil, medio muerto, de hecho, se llegó a preguntar si lo estaba. Poco le importaba, ya no tenía nada que lo agarrara a la vida, o eso pensaba, por esa cuestión el estar muerto o no era algo que en ese momento le resultaba indiferente. Pero no estaba muerto, respiraba, a duras penas, pero respiraba; su corazón latía, también con esfuerzo, pero latía; y sus Knafáims aunque severamente dañadas las cuatro, aún seguían adheridas a su cuerpo. Si, aún estaba vivo.

¿Qué había pasado? Otra vez sólo recordaba oscuridad, sintió miedo de haber sido controlado por la bestia de su interior nuevamente, de repetir eventos trágicos que lo traumatizaran anteriormente. Abrió los ojos a duras penas, aun costándole ajustarlos al entorno, pudo percibir y distinguir el anciano rostro que le sonreía.

—Tranquilo pequeño, ya estoy aquí.

—Alem… —susurró el chico—. ¿Qué ha pasado abuelo? ¿He vuelto a matar a alguien? —preguntó preocupado.

—No —dijo el anciano para tranquilidad del muchacho—, pero casi.

El chico le dirigió una mirada asustada.

—Sabes Abraham —comentó mientras se levantaba—, en cierto modo yo te creé, yo di vida a lo que eres ahora, tú eres quién eres por lo que posees. Tus habilidades están incrementadas gracias a la Atzmunt que emana del ser de tu interior. Pero a la vez… —hizo una pausa—, cometí un error al crearte, pues no eres quien de dominar lo que posees, y cuando se desboca te vuelves agresivo, conflictivo, destructor, te conviertes en la bestia en sí misma.

>>Yo quería crear el contenedor perfecto, que sellara al Rashá para siempre, que no le permitiera realizar la más mínima acción… Quizás me equivoqué —el pelirrojo mostró una sorpresiva expresión—. Quizás esta no fue la mejor opción. Así pues, la única forma de enmendar mi error es esta —sentenció mientras elevaba una espada de luz para hacerla caer contra el pecho del pelirrojo, quien reflejaba en su rostro el desconcierto que le producía la situación actual.

Cuando el arma estaba a punto de atravesarle el pecho, una potente luz hirió la mano del anciano, causando que soltase el arma y esta chocara contra el suelo, resonando al chocar el metal contra el cemento. Sin saber muy bien qué sucediera, como si sólo fuera un sueño, el híbrido volvió a perder la consciencia.

Despertó de nuevo tiempo más tarde, desorientado, dudoso otra vez de la realidad en la que se encontraba, si estaba vivo, muerto, soñando o despierto. Pero esta vez había algo diferente, se encontraba mucho mejor que antes: en el anterior despertar notara el peso del cansancio y la debilidad sobre su cuerpo, ahora se sentía vigoroso y recuperado, capaz de moverse sin problema.            Así se levantó y pudo comprobar para su sorpresa que todas las heridas que sintiera anteriormente habían sido curadas, así como que sus Knafáims lucían esplendorosas de nuevo. No había nadie más a su alrededor, se encontraba totalmente sólo.

Los recuerdos le volvieron repentinamente; todas las traiciones que sucedieran en el día. ¿Cómo debía sentirse él ahora que todo el apoyo que tenía se había vuelto en su contra, ahora que aquello por lo que luchaba carecía de sentido? Al final aquellos Kardinutas tenían razón, ¿debería entonces entregarse a su causa? Nunca, la idea de provocar el holocausto que le ofrecían le aterrorizaba.

Quizás debería poner fin a su vida, ya no tenía razón de ser el seguir viviendo, pero no arreglaría nada, la guerra se seguiría sucediendo, quizás incluso su muerte supusiera un desnivel en esta. “¿Qué debo hacer ahora?” se preguntaba el chico, mas era incapaz de responderse. De su cabeza no podía quitarse los hechos ocurridos durante la jornada: aquel amigo al que jurara proteger se había convertido en su enemigo, llegando a intentar matarle; Alem resultara ser un vil traidor a la promesa que hiciera a sus padres, aunque esto último aún le resultara muy inverosímil. Pero así quedara demostrado cuando el anciano intentó matarle aprovechando su debilidad en aquel momento.

“¿Qué debo hacer? Más bien… ¿Qué puedo hacer?” Se preguntaba el pelirrojo. Finalmente llegó a la conclusión que le resultó más satisfactoria en aquel momento: “Quizás lo único que he hecho toda mi vida: huir, huir de todo hasta que me encuentre en paz y pueda pensar con claridad. Quizás eso sea lo mejor por el momento”. Y con la mirada en el horizonte, replegó y guardo sus Knafáims y comenzó a andar, en dirección a la salida de la ciudad, dejándose llevar, huyendo, como hacía siempre, de los problemas que lo atormentaban.

***

Entró, a duras penas, malherido por la batalla y agotado debido a la energía gastada en el viaje. Se arrodilló, aunque su cuerpo le pidiera desplomarse, y se dirigió a su superior:

—Hermano…

—Para ti Señor Supremo —le cortó tajantemente Miguel provocando el desconcierto en su hermano menor.

—Traigo nuevas noticias de la situación, pero antes he de pedirte que me ofrezcas un poco de ayuda —continúo Rafael haciendo caso omiso al tono de su hermano.

—¿Eliminaste al monstruo? —preguntó el Señor Supremo sin escucharle.

—No… pero fue porque…

—¡Nada de excusas Rafael! Sé de muy buena mano que eres un traidor a la causa.

—No sé de qué me hablas hermano.

—Ya no soy tu hermano, ni siquiera soy tu Señor Supremo, quedas desterrado de por vida. Fuera de mi vista —sentenció de esta cruel manera Miguel.

Rafael no se creyó lo que su hermano le decía, no entendía el por qué de la situación. Intento saberlo, mas acabó con la paciencia del Señor Supremo, quien tuvo que recurrir a su guardia personal para echarlo de allí. Una vez fue expulsado, una rubia y esbelta figura femenina hizo acto de presencia en la estancia.

—¿Puedo fiarme de ti, no? —preguntó Miguel.

—Sabes que sí, viste las imágenes que mis ojos captaron: Rafael es un traidor, aun cuando ha estado a punto de morir por culpa de la bestia, ha salvado al monstruo. Yo le arranqué de los brazos de la muerte, y cuando iba a rematar al Rashá, él y Caín me lo impidieron y me forzaron a retirarme. Por cierto, ¿no vas a hacer lo mismo con tu hijo?

—Caín es la semilla de luz que he dejado en este universo, aun cuando me hayas dado pruebas, me resulta muy complicado asimilar su traición. Rafael siempre tuvo un gran apego por Eva… pero Caín me idolatra, no puedo aceptar esas acusaciones que viertes sobre él tan fácilmente.

La Butzina hizo un gesto de reproche.

—¿Qué hay sobre lo que hablamos? —le recordó al Señor Supremo.

—El puesto está vacante, además, has sobrevivido a una emboscada Kardinuta y has demostrado ser capaz de enfrentarte al mismo Rashá. Supongo que eres la más idónea para ello. Así pues, yo te nombro Suprema Caballera Butzina, Pahalia, que la luz te acompañé en tu travesía y nos guíe hacia la victoria.

—Así sea —asintió con una aviesa sonrisa.

***

Dos vueltas, como siempre, dio a la llave para conseguir que la cerradura cediese, permitiéndole entrar a aquel pequeño piso, que buenamente satisfacía sus pocas necesidades. Cansado, agotado, derrotado por la dura jornada, se postró sobre el sofá del salón, con la cabeza aún inmersa en los sucesos ocurridos en las horas anteriores.

Si, lo sabía… bueno, quizás no totalmente, pero si que tenía ciertas dudas que pudo confirmar al hallarlo ante sus ojos: aquel humano con el que compartiera tan buenos momentos de diversión y jolgorio resultara ser el objetivo a abatir, el enemigo al que debía enfrentarse, aquello a lo que debía eliminar, pues la finalidad de todo su entrenamiento no era otra.

“Has pasado demasiado tiempo entre los humanos” le dijera su padre. Quizás tenía razón, quizás él se había olvidado de sus deberes como miembro de la realeza, quizás el engaño de aquella sencilla vida le había apartado de sus verdaderos objetivos.

—Le perdonaste la vida —sonó a sus espaldas una débil voz—. ¿Por qué lo hiciste?

El príncipe se mantuvo en silencio.

—No sólo eso, sino que le salvaste de la muerte y le curaste de sus heridas, por eso estás ahora tan cansado, has sacrificado parte de tu energía por salvarle —siguió acusándole la voz—. Y mi pregunta es: ¿Por qué?

—No lo sé —fue lo máximo que pudo responder el ser de luz.

—Claro que lo sabes. La razón es muy sencilla: has empatizado con el monstruo, no eres capaz de verlo como un monstruo, sino como un humano, aquel humano al que llamas amigo. Y pensar que nuestro Señor Supremo Miguel confío en ti —silencio—. No puedo creer que aun sabiendo todo el riesgo de que esas emociones te afectasen te encomendara tal misión. Estaba clarísimo que la fallarías. Lo vi todo, fue un espectáculo patético.

—Haberlo hecho tú —le recriminó Caín.

—Sabes que no tengo su permiso. Por alguna extraña razón el te estima demasiado. Siempre lo ha hecho —un cierto rencor se percibía en sus palabras.

—Sabes que eso no es cierto —respondió fugaz el príncipe.

—Por supuesto que lo es —remarcó su interlocutor—. Pero ahora has fallado en tu misión. Dime, ¿debería informarle de todo esto y que te consideren como un traidor, o callármelo para que guardes tu posición actual?

—Haz lo que quieras Abel —respondió el heredero Butzina mientras se levantaba claramente molesto en dirección a sus aposentos.

—No hay quien te entienda Caín —susurró en la lejanía su interlocutor—. Has cambiado, tú antes no eras así hermano.

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Hubo un tiempo en el que eran felices. Las cenizas de aquel fuego que era la amistad en sus corazones aún pervive en ellos y sueñan con regresar a él.

En el próximo capítulo de “El ocaso del Alba”

Capítulo 7 – Lo que fuimos

Porque ya sólo quedan recuerdos.

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Hola a todos mis queridos lectores, aquí estamos una semana más con otro capítulo más de EODA y sin novedades. Lo cierto es que de momento mis únicas preocupaciones son la fiesta y la escritura… debería aprovechar a añadir alguna cosilla más por el blog antes de que el estudio me ahogue demasiado. Veremos, veremos que se le ocurre a la mente trastornada de esta rata.

Saludos desde La Cloaca.

Atentamente: Mickael Vavrinec

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