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“El ocaso del alba”: Capítulo 6 – Sin razón de ser (1/2)


CAPÍTULO 6

Sin razón de ser – Parte 1

Allí estaba, de pie frente a él, alzando sus majestuosas Knafáims, apuntándole con su mano izquierda, dispuesto a matarle. Carlos, el mismo muchacho con el que compartiera tan buenos momentos en el pasado, al que considerara un amigo hasta ese día, ahora demostraba ser otro enemigo.

Abraham había vivido muchos cambios en su vida en los últimos días, soportara el cargar con el poder de su interior, el ser objetivo de dos razas extraterrestres, el tener que luchar para poder conservar su vida. Pero que su mejor amigo se convirtiera en su enemigo era algo que destrozo al pelirrojo, quien se mantuvo inmóvil, no siendo quien de asimilarlo.

—Adiós… amigo… —pronunció el príncipe con seriedad, antes de enviar contra el híbrido, que siguió sin reaccionar, aún en peligro de muerte, un poderoso rayo de luz mientras una lágrima se le escapaba.

Antes de que el rayo alcanzara su objetivo, fue repentinamente detenido por el filo oscuro de una espada.

—Pensé que ya había terminado contigo —reaccionó Carlos.

—Bastante suerte has tenido de ser quien de asesinar a mis hijos, asqueroso Butzina —respondió furioso Kasbeel, mientras blandía su espada, dispuesto para el combate—. Pero a un guerrero de élite de mi experiencia no se le elimina tan fácilmente. Antes de que insertaras tu espada en mi pecho, pude colocar una pequeña, aunque resistente, barrera de oscuridad alrededor de mi corazón. Si, tengo ciertos órganos dañados, pero el motor que me hace vivir permanece intacto.

—Entiendo, muy astuto —reconoció el príncipe—. En ese caso, ¿le protegerás? —preguntó dirigiendo su mirada hacia Abraham.

—Mas bien te mataré —dijo, mientras formaba dos esferas oscuras que lanzó al aire, tiñendo toda la estancia de oscuridad. Raudo, se lanzó hacia su adversario, dispuesto a asestarle un golpe con su espada que fue bien detenido por la del Butzina, a pesar de encontrarse en una situación de desventaja.

Las armas chocaron, rezumando luz y oscuridad por toda la sala. Abraham permanecía aún inmóvil, sin prestar demasiada atención al combate que se desenvolvía ante sus ojos. Él continuaba sumergido en un mar de dudas, pues, ahora que su mejor amigo se había convertido en su enemigo, ¿qué sentido tenía seguir luchando por mantener la vida que llevaba hasta ahora? De estos pensamientos fue obligado a despertar al sentir un rayo de luz rozando sus Knafáims.

—¡Ey, aberración! —escuchó gritar a Kasbeel, quien forcejeaba con Carlos—. Será mejor que te largues por el momento, muerto no me sirves de nada. Pero recuerda, que una vez mate a este hijo de puta, volveré a buscarte. Tómate esto como un pequeño descanso.

No supo por qué, pero en ese momento le hizo caso. El híbrido puso pies en polvorosa, escapando por la salida que se había formado al ser derribado el muro, corriendo por los callejones a los que conducía No pudo evitar sentir una fuerte sensación de dejavú, pues la situación era idéntica al día en el que empezara todo: otra vez atacado por un Butzina, salvado por un Kardinuta, y huyendo de sus problemas, como siempre hacía. Otra vez su vida daba un vuelco, mas esta vez le resultaba mucho más duro, pues aunque la otra vez se le abriera un nuevo mundo, fuera quien de soportarlo; la traición de Carlos era algo que si que no podía soportar, aún mas después de haber jurado protegerlo.

—¿A dónde crees que vas? —escuchó una voz a sus espaldas.

El pelirrojo muchacho hizo caso omiso, siguiendo su camino. De repente se topó de bruces con una esbelta figura portadora de alas blancas y un largo y rubio cabello recogido en una también larga coleta.

—Repito: ¿A dónde crees que vas, monstruo?

***

            En el interior de la ruinosa sala de interrogatorios, continuaba la ardua lucha entre Kasbeel y el príncipe Butzina. El choque de las espadas se repetía cada vez con más frecuencia, sin que ninguno de los contendientes cediera ante el otro.

—Enviando a su propio hijo —comentó el Kardinuta—. ¿He de dar por hecho que a ese bastardo de Miguel se le han terminado las cartas tan pronto?

—Mas bien es que mi padre desea terminar con esto cuanto antes —contestó el príncipe.

—Pues ha cometido un grave error, arriesgarlo todo a una sola jugada puede dejarlo sólo y destrozado. Pagaría por verle en ese estado, sufriendo como nunca ha sufrido.

—En verdad me han hablado del odio que sientes hacia mi padre, aunque no soy quien de comprenderlo.

—Ni falta que hace —le respondió—, basta con saber que tus días terminan aquí, Supremo Príncipe Caín —y tomando distancias se dispuso a ensartarle la espada en el vientre.

A Caín le bastó con realizar un leve giro de cintura para esquivar el ataque de su rival y con un rápido movimiento de brazo segarle una de sus negras Knafáims. Kasbeel cayó al suelo, dolorido, profiriendo un agudo grito.

—¡Maldito! —dijo—. No solo es que seas hijo de tu padre, sino que también asesinas a mi descendencia y me humillas de esta forma. ¡Oh, realmente disfrutaré matándote! Es una pena que no esté tu hermano aquí también.

Al oír estas últimas palabras del Kardinuta, la respuesta del príncipe fue breve y clara: con gran rapidez formó una bola lumínica que hizo impactar contra el vientre del guerrero oscuro. La potencia con la que fue dado el golpe arrastró a este hasta el callejón trasero y lo dejo empotrado contra un muro, con un gran agujero bajo el torso. Caín avanzó lentamente hacia el bravo caballero que ahora se retorcía de dolor en el suelo. Cuando llegó a su altura, lo agarró con la mano izquierda por el cuello, volviéndolo a empotrar contra el muro.

—No permitiré que le pongas una sola mano encima a mi hermano —aseguró, mientras clavaba la espada de radiación dorada en su corazón.

***

            La reacción de Abraham fue inmediata, lanzando rayos de oscuridad hacia su contrincante, quien se los devolvió demostrando un gran manejo con su espada. El chico logró esquivar a duras penas sus propios ataques, consciente de que aquello que le daba una ventaja, el poder dominar los dos tipos de Atzmunts, también le hacía débil a ambas. Su contrincante se lanzó a la velocidad de la luz sobre él, haciendo descender su espada en vertical contra el muchacho, que pudo detener con sus propias manos todos los golpes. Tras que terminara la acometida, ambos combatientes tomaron distancias. En ese momento, las manos del pelirrojo rezumaron sangre, descubriéndose cortes en varios lugares, causándole un gran dolor.

—Por muy desarrolladas que tengas tus habilidades, no posees el entrenamiento necesario para dominarlas —le informó su contrincante—. Alem es bueno, créeme. Pero no puede conseguir en un par de días contigo lo que logró en 10 años conmigo.

—Así que también fuiste adiestrado por Alem —se interesó el híbrido.

—Efectivamente. Una de las ventajas de conocer a tu madre era el poder recibir entrenamiento por parte del Supremo Sanador Butzina.

—¿A mi madre? —preguntó extrañado el muchacho.

—Si, a Eva, mi querida hermana —respondió, causando la sorpresa en el pelirrojo—. Yo era muy joven cuando ella ascendió al poder, pero fui obligado junto a mis hermanos a protegerla y dar mi vida por ella… y resulta que nos traicionó a todos.

—¡Mi madre no traicionó a nadie! —saltó Abraham indignado—. Solo quería la paz, ¿qué tiene eso de malo?

—La paz… nada más que una mera utopía, un sueño que sólo nos llevará a la extinción. Por eso ya no consideramos a Eva parte de la familia.

El pelirrojo muchacho no aguantó más al oír aquellos insultos a la memoria de su progenitora y salto colerizado dispuesto a agredir al guerrero Butzina. Mas este supo leer bien sus movimientos, llegando a inmovilizarlo fácil y rápidamente para después propinarle un brutal rodillazo en el estómago que hizo a Abraham escupir sangre por la boca y caer dolorido al suelo.

—Cuán irónica es la vida —suspiró el guerrero—. Yo, quien prometí cuidar y proteger a Eva hasta el último de mis alientos, me veo obligado por causas del destino a matar a su hijo —comentó mientras sujetaba la espada, dispuesto a acabar con su objetivo.

—Si crees que es tan sencillo, vas listo —susurró el príncipe híbrido mientras se levantaba del suelo a duras penas—. Mi madre no os traicionó, pero tú… ¡Tú has traicionado a mi madre!

Tras pronunciar estas palabras, el híbrido sintió correr la ira por su cuerpo. El guerrero Butzina pudo observarlo, una aura visible de Atzmunt oscura empezaba a recubrir su cuerpo y un brillo rojizo se captaba en sus ojos. Un cierto temor le recorrió ante la posibilidad de que el chico liberara a la bestia, mas no dio un paso atrás, era su deber acabar con ella.

El pelirrojo se abalanzó hacia él, el guerrero respondió lanzando su espada, con gráciles y efectivos movimientos, provocando varios cortes en la anatomía de su adversario, incluidas sus Knafáims. Pero el muchacho, más bestia que muchacho por momentos, no cesaba en su frenético ataque, que a duras penas conseguía esquivar y parar el Butzina. La transformación avanzaba a ritmo tan vertiginoso que sus manos ya se convirtieran en firmes garras que, de un vertiginoso movimiento, arrancaron el ojo izquierdo del ser de luz, que a pesar del dolor, continúo defendiéndose, hasta tropezar y caer de costado, a merced de su enemigo.

Mas, cuando todo parecía perdido para el valiente guerrero, la bestia profirió un agudo grito de dolor, cayendo hacia él, desplomándose sobre el suelo. La oscuridad comenzó a regresar al lugar del que emanó con anterioridad, devolviéndole su forma antropomórfica al híbrido. El guerrero de la luz dirigió una mirada hacia el alrededor, buscando a quien había inutilizado a la bestia. Sus ojos pronto se toparon con unas viejas y desgastadas pupilas.

—¿Maestro? —preguntó dubitativo—. No, algo no marcha bien…

—¡Rafael! —gritó el anciano—. Ni se te ocurra tocar al muchacho, o lo pagarás caro —aseguró mientras desenvainaba su espada.

——————————

Sin demasiado que contar, comenzando los estudios universitarios… y las fiestas, como no.

Pero por supuesto también hay tiempo para escribir, porque vosotros os merecéis vuestra ración semanal de EODA 😉

Saludos desde la cloaca.

Atentamente: Mickael Vavrinec

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