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“El ocaso del alba”: Capítulo 5 – ¿Por quién doblan las campanas? (2/2)


CAPÍTULO 5

¿Por quién doblan las campanas? – Parte 2

—Si, es cierto que el inspector Jefe de la policía local se llama Ricardo, pero es un hombre mucho más amable que usted, de estatura media y con una característica que no puede imitar: él es calvo —comentó mientras le quitaba el sombrero al inspector, dejando descubierta su negra cabellera. Este respondió sorprendido e indignado al mismo tiempo—. Si, como ve, en una pequeña ciudad como esta las figuras más importantes son conocidas por todos. Además, si la policía hubiera tenido algún sospechoso ya se hubiera filtrado a los medios. Un crimen de estas características, del que se ha hecho eco toda la nación, teniendo en cuenta lo reciente del asunto, es seguido con lupa.

>> Eso, por supuesto, por no mencionar lo casual de elegir un día tan poco luminoso para actuar y los oscuros emplazamientos por los que se mueven usted y sus hombres. ¡Ah! Y ya la pista definitiva es que tengo una especial sensibilidad ante los seres de la luz y de la oscuridad que se acercan a mí. Desde el principio tuve una extraña sensación… lo dicho, aquí huele a oscuridad señor inspector.

Tras unos instantes de silencio absoluto, el inspector comenzó a aplaudir lentamente, aumentando el ritmo paulatinamente, mientras no paraba de reír.

—¡Ja, ja, ja, ja! ¡Bravo, bravo, bravo! ¡Fantástico! Todos nuestros reportes e informaciones eran correctos. Efectivamente, tal y como sospechábamos, tú eres Abraham, el príncipe híbrido, el hijo de Adán y Eva, la aberración, el portador del monstruo de oscuridad, aquel a quien se le ha otorgado el Rashá —Abraham se mostró incómodo al recibir aquellos “halagos”. El inspector Ricardo le dirigió una siniestra mueca—.

>>Efectivamente, nos has pillado. Hemos montado todo este tinglado con el único fin de corroborar nuestras sospechas, sólo para comprobar que en efecto tú eras la aberración. Visto lo visto, creo que nos ha salido el plan a pedir de boca.

—¿Qué habéis hecho con el inspector Ricardo?

—Está muerto —el rostro del muchacho palideció momentáneamente—. ¿A qué viene esa cara? No era más que un humano, ¿en serio le das importancia a la vida de un ser tan inferior? Humanos, lo cierto es que me dan bastante asco. Se creen los reyes de la creación, los señores del universo, y no son más que hormigas que viven orgullosos y absortos en su propia mentira. Los aplastaría a todos si pudiera.

A la mente de Abraham vinieron las imágenes de sus amigos humanos. Enfurecido por las palabras del falso inspector, comenzó a acumular Atzmunt lumínica en la palma de su mano. Nada más percibir sus intenciones, el falso amigo de la ley chasqueó los dedos. Antes de que el pelirrojo pudiese atacarle, la energía que había estado concentrando desapareció. Se observó preso, siendo sus alas atrapadas por dos seres de alas negras que vestían uniforme policial. En seguida los identifico como los dos policías que con tan poca delicadeza lo trataran durante el trayecto hacia la comisaría.

—Lo siento, pero no tenemos la más mínima intención de luchar, se nos ha ordenado que no se te dañe. Así que pórtate bien y ambas partes saldremos ganando.

—No creo que ningún tipo de trato con vosotros me sea beneficioso —respondió indignado—. Contestadme, ¿quiénes sois y qué queréis de mí?

—¡Oh! Cierto, ¿dónde están nuestros modales, muchachos? Bueno, obviamente, como sabrás, somos Kardinutas, hijos de la oscuridad, pero no creo que eso satisfaga tu cuestión. Mi nombre es Kasbeel, guerrero de la élite Kardinuta durante más de treinta años —alardeó mientras desplegaba sus Knafáims oscuras—. Y estos dos aguerridos caballeros que me acompañan son mis vástagos: Olivier y Nefilím. Por el momento apenas son unos jóvenes soldados novatos, pero algún día se convertirán en parte de la guardia real, tenlo por seguro.

>>Y en cuanto a qué queremos, habría que especificar primero qué es lo que se nos ha ordenado y qué es lo que vamos a hacer. Su Suprema Señora Kardinuta Lilith nos ha ordenado a todos los seres oscuros el dar con el portador del Rashá y entregárselo cuanto antes con el fin de usarlo para aniquilar a los Butzinas y poner fin a la guerra que ambas especies libran desde tiempos inmemoriables. Lo que vamos a hacer es capturarte, bueno, de hecho, ya lo hemos hecho, y valernos de tu ayuda para derrocar a esa vieja furcia y al Adonis que tiene por Caballero Supremo.

—Un ser de oscuridad no puede dañar a otro ser de oscuridad —apuntó el chico.

—¡Eureka muchacho! En verdad eres inteligente, pero como bien he dicho, vamos a valernos de tu ayuda, no sólo como el monstruo que guardas en tu interior, sino como la aberración que eres. He observado que tus poderes de híbrido sobrepasan por mucho a los de cualquier Kardinuta o Butzina, pues están mucho más afinados, de hecho, eres capaz de percibir la presencia de un ser de oscuridad como yo aún cuando su aura está en su mínima manifestación, es decir, con las Knafáims plegadas y guardadas.

>>Nos valdremos de ese tipo de habilidades para consumar la primera parte de nuestro plan. Después, una vez mis hijos y yo controlemos todo el reino Kardinuta, usaremos al Rashá para exterminar a todos los Butzinas, empezando por ese bravucón de Miguel. De ese modo me erigiré como Señor Supremo del Universo —afirmó con un brillo en su mirada.

—¡Menuda locura! —respondió el muchacho al escuchar el plan, provocando una airada mirada por parte de Kasbeel—. Y… ¿por qué crees que iba yo a ayudarte?

—Bueno, he aprendido durante mi vida que todo ser: humano, Kardinuta, Butzina o de cualquier otra especie, guarda en su interior algún deseo de poder y gloria. No creo que tú seas menos.

—Me temo que aún te queda demasiado por aprender —le reprochó.

—En ese caso… ¿qué me dices sobre no extinguir a la raza humana? —respondió con una siniestra sonrisa el guerrero oscuro—. Antes te has ofendido cuando he hablado de ellos como si de insectos se trataran, por lo que entiendo que en cierto modo los valoras. No es de extrañar si, como he podido saber, has vivido como un humano durante todo este tiempo. Seguro que has entablado interesantes relaciones con humanos, hasta el punto de cogerles cierto afecto. ¿No usaste antes la palabra amigos?

Abraham pensó en Sandra y Carlos, y no pudo evitar que la sangre le hirviese ante la posibilidad de que aquel tipo les pusiera la mano encima. Intentó zafarse de sus opresores, mas estos le tenían bien agarrado, y tuvo que contener la ira ante el miedo de despertar al monstruo.

—Este es el trato —le propuso el Kardinuta—, tú nos ayudas a dominar el universo, y yo les perdono la vida a tus seres queridos y a todos los humanos que habitan este planeta. Mas si te niegas, nos dedicaremos a exterminar a todo aquel humano que se mueva sobre él, empezando por los pobladores de esta ciudad.

A cada palabra que pronunciaba, la ira incrementaba en el híbrido.

—¡Cállate! —gritó—. ¡No permitiré que les pongas una mano encima!

—Pues en ese caso ya sabes que es lo que tienes que hacer —apuntó sonriente el oscuro ser.

—Me niego —respondió el pelirrojo—. Es cierto que estimo en sobremanera a los habitantes de este planeta, pero tampoco tengo nada en contra de los Butzinas o los Kardinutas, sólo en contra de aquellos que interfieren en mi vida, y créeme que vosotros estáis metiendo las narices hasta el fondo.

—¡¿Qué no tienes nada en contra de los Butzinas?! —reaccionó gritando Nefilím, quien sujetaba las Knafáims izquierdas del muchacho.

—Dinos pues, ¿quién te convirtió en lo que eres? —añadió su gemelo Olivier, que sujetaba las Knafáims del lado contrario.

—No sé de qué me habláis —se limitó a responder Abraham, aún airado.

—No te hagas el sueco, mi querida aberración —intervino Kasbeel—. ¿De verdad te agrada el tener semejante poder en tu interior? A la mayoría de seres les parecería una bendición, lo usarían para egoístas propósitos y terminarían siendo consumidos por él. Pero tú has afirmado no poseer ese tipo de deseos, no puedo evitar pensar que vives aterrado ante lo que habita dentro de ti, aún más tras la muerte de esos chicos. ¡Oh! ¿He dado en el clavo? —comentó al observar la reacción del chico, en el cual se había extinguido la furia que le acompañaba hace tan solo unos instantes.

—Hemos podido saber que has estado viviendo como un humano durante todo este tiempo, ignorante de todo lo que te rodeaba —continuó Olivier con el juego psicológico—. Tras saberlo, ¿acaso no guardas ningún odio hacia Alem?

—¿Odio contra Alem? —repitió el pelirrojo.

—Aquel al que llamas abuelo —tomó el relevo Nefilím—. Alem fue quien introdujo al Rashá en tu interior, el culpable de que tengas que soportar semejante carga. ¿Cómo no puedes odiar al causante de tu desdicha?

—No puedo odiarle, no fue su culpa… Él ha cuidado de mi todo este tiempo… —explicó Abraham.

—Ha cuidado de ti mientras has vivido como un humano —puntualizó Kasbeel—. No olvides que es un Butzina, no olvides que lo que posees es su enemigo. Quizás creyó que podría contenerlo dentro de ti… pero ahora que ha despertado, lo lógico para él sería enmendar su error… En el momento en que te descuides, te matará.

—¡Él no hará eso! —respondió furioso el híbrido— ¡Hizo una promesa a mis padres!

—Tus padres están muertos —repuso fríamente el guerrero Kardinuta—. Una promesa a los muertos es una promesa vacía. Además, Eva y Adán son hoy por hoy considerados traidores a sus razas. Alem también es considerado un traidor por ayudarles… pero quizás su raza le perdone si borra de la faz del universo el peligro que les amenaza. Lo mires por donde lo mires, la mejor opción es que vengas con nosotros —zanjó el ser oscuro.

—No… no es cierto… —trataba de auto-convencerse Abraham, confuso por las palabras de sus captores—. ¡Nada de lo que decís es cierto! —Sentenció el híbrido, furioso, a la vez que desplegaba todas sus fuerzas para deshacerse de los dos gemelos que bloqueaban sus Knafáims y con ello su Atzmunt—. ¡Yo os haré tragar toda esa sarta de mentiras! —les amenazó una vez consiguió liberarse.

—No lo entiendes aberración, da igual que no seas quien de aceptarlo. Vendrás con nosotros, por las buenas… o por las malas. ¡Olivier! —El oscuro ser se levantó tras ser lanzado por el muchacho, desenvainando una espada cuyo filo rezumaba oscuridad, y se lanzó hacía el híbrido.

En el instante en el que se disponía a herir a Abraham, la pared que se encontraba detrás de este se derrumbó, dejando entrar la claridad del Sol, que ahora se erguía entre la marabunta de nubes. Sin previo aviso, el pecho de Olivier fue atravesado por una impactante, a la vez que rauda luz.

—¡Hermano! —gritó desesperadamente Nefilím al observar caer al suelo a su gemelo moribundo. Antes de que pudiera acudir a socorrerlo, otra luz de igual intensidad le deparó el mismo destino.

—¡¿Qué demonios?! —Kasbeel intentaba encontrar una explicación a la muerte de sus hijos—. No puede ser que nos hayan encontrado —repentinamente tuvo que cubrirse los ojos para no ser deslumbrado por una potente luminosidad que acababa de acceder a la estancia. La luz rebotó por las paredes de esta para finalmente orientarse hacia el guerrero Kardinuta—. Este poder… ¡Imposible! Sólo puede ser… —antes de que pudiese si quiera terminar de hablar la luz le alcanzó, abatiéndolo.

Finalmente, se detuvo al otro lado del cuarto, enfrente a Abraham, que había observado el combate de apenas unos segundos totalmente perplejo. La luz se fue definiendo, dejando ver dos blancas y radiantes Knafáims que sobresalían de la espalda de un larguirucho muchacho de dorada cabellera y ojos marinos. En su mano izquierda portaba una fulgurante espada, manchada por la sangre de sus recientes adversarios, con la hoja inclinada cara el suelo. Su brazo izquierdo se erguía apuntando al híbrido.

Abraham no era quien de asimilar lo que sus ojos contemplaban… Aquel Butzina que con tan pasmosa facilidad se librara de aquellos Kardinutas de alto rango le resultaba demasiado familiar. Cuando la excesiva luminosidad se disipó finalmente, fue quien de corroborar sus más temerosas sospechas: era Carlos.

En la palma izquierda del príncipe comenzó a aglutinarse Atzmunt, dispuesto a eliminar a su objetivo.

—Adiós… amigo… —una lágrima se escapó de su lagrimal, resbalándole por la mejilla.

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Cuando la soledad te inunda, ¿qué camino has de escoger? Cuando las dudas renacen ¿cómo debes actuar? Cuando todo aquello en lo que creías ya no sirve de nada, ¿qué debes hacer?

En el próximo capítulo de “El ocaso del alba”

Capítulo 6 – Sin razón de ser

¿Qué hacer cuando pierdes la fe?

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Saludos de esta rata de cloaca que cualquier día se convertirá en rata de biblioteca, pues así es la universidad, aunque depende de la carrera, la materia es ciertamente densa y variada. Aunque un servidor es lo suficientemente vago como para retrasar esa transformación lo máximo posible.

Y es que toca ponerse las pilas en todo, también en este pequeño hobby que es la escritura. Puesto que aún no he terminado el capi 6 y que mis esperanzas era acabar “Alba” este mes, estoy lo suficientemente preocupado por la calidad de la obra como para trabajar en exceso en cada capi. A parte de eso, los especiales de nll se publicaran en un mes y servidor por supuesto dara su aportación.

Me esperan, pues, unos meses de trabajo, que esperemos, sean lo más livianos posibles.Pero seguro lo serán si disfrutáis con estos pequeños deshechos que dejo en vuestra pantalla.

Saludos desde La Cloaca.

Atentamente: Mickael Vavrinec

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