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“El ocaso del alba”: Capítulo 5 – ¿Por quién doblan las campanas? (1/2)


CAPÍTULO 5

¿Por quién doblan las campanas? – Parte 1

Talán, Talán, Talán.

Doblaban las campanas.

Talán, Talán, Talán.

La lluvia caía sobre todos los asistentes al entierro. Desde los familiares y amigos de los fallecidos, que rompían en llanto, que mezclaban sus lágrimas con las gotas de lluvia, hasta las más altas autoridades de la ciudad, que daban su pésame y prometían atrapar al criminal de tan horrible asesinato.

De entre toda la multitud allí reunida, el único que sabía toda la verdad sobre los sucesos que condujeran a la muerte de aquellos tres chicos, era aquel joven pelirrojo oculto bajo un par de paraguas junto a otra chica de su misma tonalidad de cabello y a otro rubio muchacho.

Los tres se reunieran unas horas antes en la esquina de siempre, en frente a la estación de autobuses. Allí cogieron uno hacia el cementerio en el que ahora se encontraban, cuyo emplazamiento se situaba a las afueras de la ciudad. Llegaran al entierro justo a tiempo, pudiendo escuchar la misa completa en honor a los tres fallecidos. No es que Abraham fuera muy católico, de hecho siempre le aburrieran los sermones eclesiásticos, mas sabía que era lo mínimo que debía hacer.

Así pues, allí estaban los tres, amparados bajo los paraguas, resguardándose del imparable aguacero que las nubes vertían sobre ellos. Doblaban las campanas mientras confinaban los tres ataúdes de mármol bajo tierra y el cura erigía su último rezo al cielo. El llanto de los padres de los fallecidos resonaba por toda la zona. Para el híbrido cada lágrima era como una punzada en el corazón.

Cuando llegó el momento de dar el pésame, no fue quien de mirarles a los ojos, avanzó rápidamente delante de cada uno de los familiares, susurrándoles las palabras de empatía características de tal ritual, con la cabeza agachada, sintiéndose culpable de un crimen del que en cierto modo era culpable.

Los presentes al funeral empezaron a abandonar el lugar, las inclemencias meteorológicas del día les animaban a irse antes de lo habitual. Carlos y Sandra intentaron convencer a Abraham de que ya no pintaban nada allí, pero el muchacho pelirrojo sabía que aún tenía algo que hacer. No queriendo obligarles a quedarse, les animó a que se fueran cuanto antes para no perder el autobús, asegurándoles que él cogería el siguiente.

Se separó de ellos, avanzando hacía las sepulturas, colocándose la capucha de su sudadera violeta, la misma que llevara el día del asesinato, ahora ya completamente limpia de cualquier rastro incriminatorio. Una voz reclamó su atención a sus espaldas. Cuando se giró, tuvo que agarrar rápidamente el paraguas que le lanzaron.

—Por lo menos quédatelo. No nos haría ninguna gracia que volvieras a enfermarte —le aconsejó dulcemente la pelirroja—. Ya me lo devolverás otro día.

—Gracias —se limitó a responder Abraham.

—¿Seguro que no quieres volver ya? —preguntó Carlos.

—No. Ahí una última cosa que debo hacer. Por favor, id yendo sin mí.

Observó la mano alzada de sus amigos despidiéndose de él hasta que abandonaron el recinto. Después, volvió su vista nuevamente a las sepulturas, y hacia ellas se dirigió. Se agacho para poder leer los mensajes inscritos.

<<Aquí yacen los restos de Roberto, joven vecino de nuestra ciudad que falleció trágicamente el 8 de Abril de 2011 a los 16 años de edad. Sus padres, hermanos, familiares y amigos ruegan una oración por su alma>>.

Las otras dos rezaban mensajes parecidos, sólo cambiando el nombre por los de Borja y Rubén. Abraham se colocó enfrente a la que se encontraba en el medio y se arrodilló ante ellas.

—Es cierto, nunca nos llevamos bien. Bueno, quizás eso fuera más culpa vuestra que mía, pues siempre decidisteis tomarla conmigo y hacerme la vida imposible. Siempre me hubiera gustado preguntaros el por qué… Me temo que ya no podré. Pero ese es un tema que no viene a cuento, eso ya no importa, porque la cuestión es que estáis muertos y en parte es por mi culpa.

>>Veréis, aquello que seguramente visteis antes de morir y que debió aterraros profundamente es el Rashá. Es una bestia de oscuridad que fue confinada en mi interior hace 15 años, una maldición que he de portar. Debido a mi incapacidad para controlarla, aquel día fue liberada y causó vuestras muertes. No puedo hacer más que pediros perdón por ello. Lo siento.

>>He decidido que si he de vivir con esto en mi interior, por lo menos haré todo lo que esté en mis manos para evitar que algo como lo vuestro se repita. Aprenderé a controlar mis poderes, me haré más fuerte y dominaré al Rashá. Seguiré con mi vida como hasta ahora, como si nada hubiera pasado, y si los seres de la luz y los seres de la oscuridad tratan de alterarla se tendrán que enfrentar a mí. Siento tanto que hayáis tenido que sufrir este destino como víctimas inocentes de una guerra ajena a vosotros. Me pregunto… ¿Yo podría hacer algo para terminar también con eso?

Se levantó y dirigió una última mirada en señal de perdón hacia las tres tumbas. Antes de que si quiera se diera la vuelta con intención de abandonar el recinto, una extraña presencia se situó a su lado.

—Eres Abraham, ¿me equivoco?

Era un hombre alto, de más de un metro noventa seguramente. Vestía una larga gabardina marrón que lo debía proteger bastante bien del frío. Como resguardo ante la lluvia sólo contaba con un sombrero del mismo color. Bajo él, se distinguían algunos mechones de pelo, unas cuantas arrugas y un grueso bigote negro, estos últimos detalles dejaban entrever su madura edad. El muchacho lo observó extrañado, un tipo así hubiera llamado su atención sin ninguna duda, mas no recordaba haberlo visto durante el entierro.

—Si, lo soy.

—Mi nombre es Ricardo. Soy el inspector jefe de la policía local —comentaba el hombre mientras enseñaba su placa identificativa que lo acreditaba como quien decía ser.

—¿Hay algún problema, agente? —preguntó Abraham confuso.

—Acompáñame al exterior del recinto y te comentaré los detalles.

El híbrido, aún sorprendido, hizo caso al servidor de la ley y le siguió hacia la salida del cementerio, hacia una zona en la cual nadie podría verlos. Allí estaban esperando dos policías uniformados que nada mas ver al chico lo inmovilizaron, colocándole las esposas reglamentarias.

—¿Qué significa todo esto? —preguntó asustado al verse en semejante situación.

—Abraham, estás detenido. Se te acusa de haber cometido el asesinato de los tres jóvenes a los cuales se les ha dado entierro hoy. ¿Supongo que ya  sabrás que tienes derecho a un abogado y todas esas cosas?

—¿No estará hablando en serio? —antes  de que le pudieran responder fue violentamente arrastrado hacia el coche patrulla.

Su cara palideció de repente. “¿Cómo saben que fui yo? ¿Qué pruebas tienen? ¿Cómo he acabado metido en este lío?”. Se preguntaba, nervioso y atemorizado ante lo que le estaba sucediendo.

—Mira chico, es muy sencillo, te vamos a llevar a comisaría y te vamos a hacer unas cuantas preguntas. Sé sincero, pórtate bien y  todo saldrá como debe —le consolaba el inspector.

El camino hacia la comisaría, situada en el centro de la ciudad, se  hizo largo y  agotador para el pelirrojo muchacho, que iba sumido en un profundo pánico. “Puedo salir de esta, puedo usar mis poderes de híbrido para escapar. Pero… ¿y si no logro controlarme y les mató? ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer? Soy muy joven como para pasar el resto de mi vida entre el correccional y la cárcel. ¡Tranquilízate, coño!”

Finalmente llegaron a su destino. El chico rezaba para que ningún conocido lo viera entrando a la comisaría. Por suerte, en los alrededores de esta no había nadie. Recordaba Abraham en esos momentos a los asesinos que aparecían por televisión entrando a los juicios, siendo abucheados por toda la gente de la zona. Se preguntaba si él se vería en la misma situación, odiado por los que antes lo querían.

Nuevamente, las formas para llevarlo desde el coche al interior del cuartel no fueron muy corteses. Con rápida brusquedad, el pelirrojo muchacho fue llevado hacia la sala de interrogatorios, situada al fondo de la comisaría. Era una pequeña estancia escasamente iluminada por una lámpara de reducido tamaño que colgaba del  techo, y que apenas permitía ver el pobre inmobiliario de la estancia, compuesto por una mesa y una silla. Allí lo obligaron a sentarse.

Los dos policías salieron al exterior de la sala, supuestamente para vigilar el que nadie entrara, cerrando la puerta con brusquedad. Abraham se quedó a solas con el inspector, quien golpeó con fuerza la mesa y le dirigió una furtiva mirada.

—Abraham… cuéntame, ¿de qué conocías a las víctimas?

—Eran compañeros en el instituto.

—¿Sólo compañeros de instituto? —el muchacho permaneció callado— No lo creo, tenemos informaciones que apuntan a que no tenías muy buena relación con ellos… ¿me equivoco?

—No, es cierto. Ellos siempre abusaban de mi y se metían conmigo cuando tenían la oportunidad.

—Por lo que se podría decir que te hacían la vida imposible.

—Efectivamente.

—Suficiente razón como para desearle la muerte de alguien —dijo con tono acusativo.

—Puede —respondió en un tono de indiferencia el pelirrojo.

El inspector Ricardo se encontraba en parte desconcertado; desde que habían entrado a la sala de interrogatorios, la actitud del muchacho había cambiado drásticamente: aquella débil, temblorosa y atemorizada criatura que palidecía al verse sospechosa de asesinato se había convertido en la más dura de las rocas. El chico no vacilaba al contestar, parecía como si todo ese miedo se hubiese convertido en valor. Esto incómodo en sobremanera al agente.

—¿Dónde te encontrabas el día del crimen en el momento en que este se produjo? —continuó con el interrogatorio.

—Enfermo, en casa. Mis amigos y mi abuelo pueden corroborarlo —Añadió ante la mirada desconfiada de su interlocutor.

—¿En serio? Tenemos testigos que afirman haberte visto corriendo por la ciudad, en dirección a tu casa… con la ropa llena de sangre.

El inspector sonrió levemente al observar un pequeño desajuste en el serio rostro del chico, mas en seguida recupero su firme mueca.

—¿Faltan muchas preguntas más, señor agente? —quiso saber.

—Unas cuántas, ¿por qué? ¿Ya te declaras culpable?

—¿Declararme culpable? ¿Yo? —Abraham dejó escapar una sarcástica sonrisa. El inspector Ricardo seguía sin comprender el brusco cambio de comportamiento del muchacho—. Dígame, inspector, ¿a caso es esto realmente para lo que me quiere? ¿Por qué pierde el tiempo de esta forma? ¿Por qué no deja toda esta pantomima ya de una vez?

Ricardo se quedó observándolo pensativo durante unos segundos, después le preguntó:

—¿Por qué piensas eso?

—Porque aquí huele a oscuridad —Abraham desplegó sus Knafáims y con una fuerza inusitada rompió las esposas que lo aprisionaban. Se levantó de su asiento, dedicándole una desafiante mirada al inspector.

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He de pedir disculpas mis queridos lectores por el retraso en cuanto a esta entrada. La razón es simple: me acabo de mudar a mi nuevo piso universitario y contra todo pronóstico no he dispuesto de internet hasta hace bien poco. Solventadas las molestias, disfruten del capítulo.

 

Un saludo desde cloacas universitarias.

 

Atentamente: Mickael Vavrinec

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