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“El ocaso del alba”: Capítulo 4 – Entrenamiento (2/2)


CAPÍTULO 4

Entrenamiento – Parte 2

Pronto llegó el mediodía, y el anciano decidió detener el entrenamiento con el fin de que recuperaran energías y disfrutaran de una buena comida. Tras dejarle unos minutos de descanso a Abraham para que digiriera los alimentos, le ordenó bajar de nuevo para reanudar el adiestramiento.

—Se me olvidó mencionártelo antes —dijo una vez se volvieron a encontrar en el extenso gimnasio—, pero obviamente, al igual que la energía de un humano se agota según la vaya empleando este, lo mismo ocurre con nuestra Atzmunt, por lo que es conveniente saber racionalizarla para no encontrarnos en una situación de agotamiento en la que estaríamos en desventaja.

—Entendido —respondió Abraham. El joven aún seguía bastante temeroso de la realidad con la que se acababa de topar, pero Alem le prometiera que si le hacía caso podría recuperar su vida, por lo que se estaba esmerando al máximo.

—Otra forma muy interesante de canalizar la Atzmunt —prosiguió el antiguo Supremo Sanador con el entrenamiento—, es mediante la aplicación de esta a la materia. Es decir, yo puedo agarrar esta espada por su mango y pasar la palma de mi otra mano por su filo y… —explicaba el anciano a la vez que realizaba tal acción. Tras hacerlo, el filo cobró una luminosidad intensa—.

>>Esta espada normal y corriente ahora se ha convertido en una espada de luz, capaz de herir a cualquier ser de oscuridad. De la misma forma puedes usar cualquier otra herramienta o material de lucha y conferirle parte de tu Atzmunt. También puedes concentrarla en partes de tu cuerpo como tus puños o pies para golpear directamente al adversario.

>>Pero basta de chácharas —Alem cogió otra de las espadas de su colección y se la lanzó a Abraham. El joven atrapó torpemente el arma al vuelo—. ¡Luchemos! —le desafío.

El muchacho intentó realizar con la espada que había recibido lo mismo que hiciera Alem con la suya, y la dotó de Atzmunt oscura, aunque todavía no fuera quién de controlar perfectamente el cuándo usar cada una.

Las armas chocaron y resonaron por toda la casa. Alem se mostraba muy diestro en el manejo de la suya, a pesar de su avanzada edad. Abraham tampoco se quedaba demasiado atrás, tenía ciertos conocimientos derivados de algunas clases ocasionales de artes marciales que su abuelo le impartiera.

Eventualmente, ambos contendientes fueron desarmados, y entonces la lucha paso a ser mano a mano. Así avanzó el reloj hasta que sus agujas marcaron las seis de la tarde, y ambos adversarios cayeron exhaustos al suelo.

—No está nada mal para ser el primer día, Abraham —le felicitó el anciano—. Cuándo yo era parte de la corte en Edén, me encargaba de adiestrar a los soldados más prometedores, y te puedo asegurar que ninguno de ellos hizo tantos progresos como tú en tan poco tiempo. Claro que ninguno de ellos poseía tus habilidades —mencionó con una sonrisa.

“Es cierto.” Recordó el muchacho. “Alem fue Supremo Sanador en Edén. Entonces…”

—Oye Alem… ¿Tú no me odias? —preguntó, provocando la sorpresa de su interlocutor.

—No, ¿porque debería odiarte?

—¿Tú no perdiste nada cuándo yo…? Bueno, ¿cuándo eso que habita en mí destruyó Edén?

El anciano se quedó un rato mirando al muchacho, su voz adoptó un tono nostálgico al hablar.

—Se llamaba Lamec. Su madre murió al dar a luz. Fue una suerte para mí haberle tenido. Se parecía a ti, era muy imaginativo y con baja autoestima, pero con una gran fuerza de voluntad para proteger lo que más quería. Yo intenté educarlo para que fuera sanador, pero él se empeñaba en ser soldado, decía que quería defender y luchar por su especie. Entró al ejército cuándo cumplió 18 años.

>>Dos años después fue cuándo se produjo el ataque del Rashá. Él fue enviado junto a un escuadrón de novatos a detenerlo. Miguel, el Supremo Caballero de aquel entonces, se negó a poner en peligro a los soldados de élite, mandando a una muerte segura a los menos experimentados.

Abraham observó la tristeza en la mirada del anciano, y no pudo evitar sentir cierta empatía por él y cierto odio hacía lo que guardaba dentro.

—No te odio, aunque si que es cierto que tengo algún resentimiento hacia lo que portas. Pero que tú lo portes es culpa mía, ¿qué clase de hipócrita sería si odiara algo que yo “cree” voluntariamente? —opinó Alem—. Se lo prometí a tus padres, que te protegería y cuidaría. Eso es lo que he hecho durante todo este tiempo.

El timbre de la casa interrumpió la conversación. Alem, preocupado, le ordenó a Abraham replegar y guardar las Knafáims, a la vez que él hacia lo mismo. Cogió la espada con la que combatiera antes contra su nieto y subió las escaleras. Se acercó sigilosamente hacia la puerta, temiendo haber sido descubierto. Con rápidos movimientos, la abrió con la mano derecha a la vez que lanzaba el arma hacia delante con la izquierda.

La espada quedó a unos milímetros del cuello de un esbelto chico de cabellos de oro y ojos del color del cielo. Asustado, retrocedió inmediatamente hacia atrás.

—¡Abuelo! —vociferó—. ¿Te has vuelto loco? —dijo mientras se agarraba la garganta con ambas manos.

El anciano borró la seriedad de su rostro, cambiándola por una amable sonrisa, a la vez que colocaba la espada en una posición menos agresiva.

—A mi edad, es normal ser atacado a menudo por astutos vendedores de puerta en puerta y otros tipos de molestias que pueden llegar a incomodarte hasta límites insospechados. Así que hay que estar preparado para combatirlos —comentó sonriente, y luego dejo escapar una larga risotada. El rubio chico le observó aún temeroso—. ¿Por qué no pasáis a tomar algo? Abraham estará encantado de veros. Carlos —Alem giró la cabeza hacia su derecha—. Sandra.

La hermosa pelirroja de largos cabellos, a diferencia de su amigo, observara la escena desde una perspectiva más humorística. Ahora no podía evitar dejar escapar una pequeña risa por lo bajo.

El anciano los instó a pasar al interior de la casa. Después de que entraran, cerró la puerta con suavidad.

—¡Abraham! —gritó—. ¡Carlos y Sandra han venido a verte!

El chico escuchó la llamada de su abuelo sorprendido desde el gimnasio. “Sandra y Carlos”. Pensó. “Con todo lo sucedido, olvidé por completo contactar con ellos”. Subió las escaleras raudamente, alegre de poder reunirse con sus amigos.

—¡Hola chicos! —les saludó sonriente.

—¿Vienes del sótano? —preguntó asombrado Carlos—. ¿Qué has estado haciendo?

—Aprovechando el día libre he querido enseñarle un poco de defensa personal —explicó Alem mientras sonreía—. Pasad a la cocina, allí estaréis más cómodos y podréis tomar algo.

Reunidos entorno a la pequeña mesa de la estancia, los tres amigos compartían unos refrescos de cola con gas junto a unos apetitosos bocatas cortesía del amable anciano. Los de Sandra y Carlos eran de jamón, producto muy típico en la zona, mientras que el de Abraham era de chocolate, alimento que encantaba al joven.

—Así que defensa personal… No creo que la necesites ya… —comentó Carlos.

—Eso parece —respondió Abraham.

Un silencio incómodo se apoderó de la sala.

—¿Te duele…? —mencionó la pelirroja—. ¿Te duele algo que hayan muerto?

El muchacho se pensó un poco su respuesta, sorprendido por tal cuestión.

—No lo sé. Desde luego que no les tenía ningún tipo de estima, pero no me creo capaz de desearle la muerte a nadie —sonrió irónicamente al recordar que en cierto modo él era su asesino y que, momentos antes de matarles, tal destino les deseara.

—Mañana es el entierro —apuntó su rubio amigo—. ¿Vendrás?

—Supongo que es lo mínimo que debo hacer.

—Bien, pues deberíamos quedar juntos para coger el bus —propuso Carlos—. Supongo que también irán el director y el resto del instituto, puede que incluso vaya hasta el alcalde.

El silencio se volvió a apoderar del ambiente.

—Deberíamos hacer algo este fin de semana —saltó Sandra—. No volveremos a tener clase hasta el lunes, y ya nos queda poco para comenzar los exámenes finales.

—No me nombres ahora los exámenes —le reprochó Carlos—. ¿No os parece increíble? ya estamos a punto de terminar la secundaria, ya era hora.

—Sobretodo para ti —apuntó Abraham—. Ya eres bastante mayorcito para seguir en el instituto —comentó al recordar la avanzada edad de su amigo, 19 años, frente a los 16 de él y Sandra.

—¡Oye! Es cierto que hasta hace poco no he hecho nada, pero me estoy poniendo las pilas, ¿vale? Pienso estudiar el bachillerato, e incluso sacarme una carrera —contestó indignado.

Sus amigos se limitaron a reír. Aunque a Carlos no le hizo mucha gracia al principio, al final terminó uniéndose a la risotada colectiva.

—Voy al baño un momento si me disculpáis chicos —mencionó la pelirroja mientras abandonaba la estancia.

—Oye Carlos —Abraham comprobó que su amiga se había alejado lo suficiente como para no oírles— ¿Tu crees que él le ha vuelto a…? —preguntó en referencia a las gafas de Sol que portaba la muchacha. Era cierto que hacía un día soleado, impropio de un mes tan lluvioso como era Abril, pero al muchacho no dejaba de inquietarle que ni siquiera en el interior de la casa las quitara.

—¿Qué si el viejo volvió a pegarle? —terminó el rubio la frase— ¿Cómo saberlo, Abraham? Bien sabes que cuando intentamos sacar el tema enseguida lo evade, esa parte de su vida está claro que la quiere mantener oculta.

—¡Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados! —replicó furioso.

—¿Y qué haremos? ¿Iremos a dónde su padre y le pegaremos una paliza? Esa noche le pegará el doble. ¿Lo denunciaremos ante la justicia? Ella se negará a reconocerlo, y si no es ella la que lo denuncia no nos harán ni caso. Es horrible, pero no podemos hacer nada por el momento —Abraham apretó su puño fuertemente, lleno de rabia al observar su impotencia—. Pero no me extrañaría que la hubiese maltratado, ella tuvo que pasar toda la tarde de ayer en su casa.

>>¿No lo supiste? —preguntó al ver la sorpresiva reacción de su amigo—. Ayer hubo una especie de toque de queda que se prolongó hasta esta mañana. Tras descubrir los cuerpos lo impusieron como medida preventiva hasta dar con el asesino. De todas maneras hoy ya han sido algo más permisivos y por eso hemos podido venir a visitarte. Por cierto —Carlos cambió su tono— ¿dónde te metiste ayer?

—¿Cómo que dónde me metí ayer? —dijo el pelirrojo para ganar tiempo, en busca de una excusa convincente.

—Si, Sandra y yo estuvimos esperándote un buen rato, pero no apareciste, al final nos tuvimos que ir sin ti.

—¡Ah! Es que… no me encontraba bien —contestó al no encontrar una mejor cuartada.

—De todas maneras, ayer te llamé varias veces y en ninguna ocasión me cogiste el teléfono.

“¡El móvil!” Se dio cuenta alarmado. Seguramente lo hubiera perdido durante el lapso de tiempo que no podía recordar, junto a todas las demás pertenencias que llevaba consigo aquel día.

—Eso… eso seguramente fue que mi abuelo lo debió poner en silencio para evitar que alguien me molestara mientras me recuperaba, debió ser eso —ni siquiera él mismo estaba convencido de sus pobres excusas—. Seguro que cuando le eche un vistazo aparecen todas tus llamadas perdidas.

—Entiendo —Carlos le dio un gran sorbo a su refresco—. ¿Sabes qué? Ayer, cuándo te estábamos esperando, al poco rato, oímos unos fuertes gritos. Asustados, nos largamos inmediatamente hacia el instituto. Luego, cuando apareció en las noticias lo de que habían localizado aquellos tres cuerpos en el callejón, te juro que un escalofrío recorrió mi espalda, y estoy seguro de que a Sandra le ocurrió lo mismo.

>>Por un momento pensé que tu fueras uno de esos cuerpos, y me preocupé muchísimo, por eso intenté localizarte desesperadamente. No fue hasta que se realizó la identificación de los cuerpos, que pude respirar tranquilo al comprobar que se trataba de esos tres bastardos y no de ti.

—¡Hola de nuevo chicos! —la dulce voz de la pelirroja cortó la conversación—. ¿De qué habláis?

—De cosas de hombres —respondió sarcásticamente Carlos.

—¿Ya estamos con secretitos? —contestó molesta—. Creía que no había de eso entre nosotros.

—Compréndenos, hay cosas nuestras que tú no entenderías —puntualizó Abraham.

—Hombres —susurró mientras suspiraba derrotada. Los tres se unieron entonces en una gran carcajada colectiva.

Pasaron el resto de la tarde debatiendo acerca de lo que les depararía el futuro. Del cercano, pensando en planes del verano. Y del lejano, pensando en qué es lo que harían con sus vidas.

—Ya lo he dicho antes —comentó en una ocasión Carlos—. Quiero estudiar una carrera, y ¿sabéis qué? Me encantaría estudiar telecomunicaciones, debe ser muy bonita.

—¡Anda ya! Eso es para auténticos suicidas —le informó Abraham—, uno de los chicos de 1º de bachillerato que conozco tiene un primo en el sur que la está haciendo y no para de quejarse de ello. Y estoy seguro de que es mucho más listo que tú —mencionó con una burlona sonrisita.

—¡Abraham, si te digo que la hago es que la hago! ¡Y además con matrículas de honor! —respondió el rubio enérgicamente.

Pronto se hizo tarde y llegó el momento de ponerle fin a la amable reunión de amigos. Sandra y Carlos se despidieron de Abraham y de Alem, quedando con el joven al día siguiente con el objetivo de ir al entierro. Tras que este cerrase la puerta, el anciano le dirigió una preocupada mirada.

—Quizás… —balbuceó—. Quizás no debieras juntarte mucho con ellos hasta que solucionemos todo esto. No sabemos que puede hacer el enemigo con tal de encontrarte.

—Alem, ellos lo son todo para mí —mencionó el joven con una confianza inusitada en él—. Antes te dije que no quería matar a nadie. Pero, me da igual Kardinuta que Butzina, si alguno de esos seres alados le pone una sola mano encima a mis amigos, juro que lo pagará caro.

***

—¡Adiós Sara!

—¡Hasta mañana Carlos!

Los dos amigos se despidieron en el lugar donde siempre se reunían y separaban: aquella esquina enfrente a la estación de autobuses, aquel borde en el que terminaba la calle del callejón. Aquel callejón en donde se dieran lugar los terribles sucesos del día anterior.

Sobre esos sucesos cavilaba Carlos de camino hacia su casa. Entre los últimos rayos del ocaso, andaba a paso ligero, aunque nadie le esperara, por las vacías calles de la ciudad. De pronto se percató de una sombra que se alzaba sobre la avenida, proveniente de un pequeño callejón. Hizo caso omiso a ello y siguió su camino.

—¿A dónde vas? —dijo la voz proveniente del callejón, cuando Carlos ya lo había sobrepasado.

—A casa —respondió el muchacho.

—Pero tu casa no está aquí —le hizo ver el ser oculto entre las sombras.

—Si te soy sincero, no sé si mi hogar ya está más aquí que allí —le contestó el chico.

—Has pasado demasiado tiempo entre los humanos —le rebatió la voz—. ¿No me digas que les has cogido cariño? —comentó irónicamente.

—Es posible —apuntó con indiferencia Carlos.

El ser salió de entre las sombras, dejando ver bajo la luz del ocaso su rubia barba y sus blancas alas.

—Tienes trabajo, ¿lo sabes, no? —le informó.

—Lo sé —afirmó el muchacho—. Aquello para lo que me he estado preparando desde hace años. La razón de todo este duro entrenamiento. Mi única meta en la vida —hizo una pequeña pausa—: La destrucción del Rashá.

—Efectivamente —le confirmó sonriente el Butzina—. Así que no me defraudes.

—No lo haré —Carlos se dio la vuelta, mirando fijamente al Ser Supremo de los seres de la luz—. No te defraudaré, padre.

—————————————————–

Las campanas suenan rotundas desde lo alto de la iglesia.
Pero, ¿acaso suenan por la muerte de los tres chicos o por el fin de la antigua vida del muchacho?

En el próximo capítulo de “El ocaso del alba”:

Capítulo 5 – ¿Por quién doblan las campanas?

Todo fin es el principio de algo nuevo.

—————————————————–

Hola, hola, hola!

Buenas, valientes lectores que os atreveis a sumergiros entre las páginas de este blog, esta semana además de el fin de capi os traigo novedades:

– ¡Capítulos en descarga! Si, por fin tenéis hasta el capi 4 en descarga directa además de en lectura online, sólo debéis ir a la esquina superior derecha, clicar en El ocaso del alba > capítulos y allí tenéis los enlaces.

– ¡Fan arts! Si, recién subidos los primeros bocetos de mi querido amigo Mr. L, obvio decir que los dibujos finales pueden ser muy diferentes, pero es un pequeño aperitivo para que podáis ir comparando vuestra imaginación a la del primer ilustrador que se atreve a darles forma a los personajes que habitan las páginas de EODA. Para verlos sólo debéis ir a la esquina superior derecha y clicar en El ocaso del alba > Fan Art.

Y eso es todo por esta semana, estoy aún inmerso en el capítulo 5, pues la verdad es que me está resultando complicado volver a coger el hábito de escribir, pero espero recuperarlo pronto.

Saludos desde la cloaca.

Atentamente: Mickael Vavrinec

Una respuesta

  1. mel

    hola mcikael ,he leído el ultimo capitulo que colocaste en el blog , y la verdad me a agradado mucho , el final me lo esperaba , no se como pero de cierta manera lo esperaba
    no tengo mucho que decir aserción de este capitulo solo queda por decirte que
    espero con ansias el siguiente .
    de ante mano tu historia , es muy interesante y buena
    sin mas que decir
    me despido cordialmente
    una de tus mas grandes lectoras
    Mel

    septiembre 4, 2011 en 8:24 pm

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