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“El ocaso del alba”: Capítulo 3 – Cuando la verdad se quita la máscara (2/2)


CAPÍTULO 3

Cuando la verdad se quita la máscara – Parte 2

El muchacho reaccionó asustado ante esta visión. Se echó hacia atrás, con tan mala suerte que la silla volcó, haciéndole caer al suelo. Allí se arrastró temeroso hacia la pared, apoyándose contra ella.

—¿Tú… eres uno de ellos? —preguntó con miedo.

—Si —respondió con frialdad el anciano—, pero a diferencia de ellos, yo ni te odio ni quiero matarte, yo quiero protegerte, porque se lo prometí a tus padres.

—¿Como esos tipos de alas negras… los que aparecían en tu historia… los Kardinutas?

—Es un error pensar que ellos quieren protegerte, créeme.

—Entonces… yo soy el Abraham de tu historia, y ella en si misma es realidad… pero parece tan irreal a la vez —reflexionó el joven.

—Te has encontrado con ellos hoy, y además tienes a uno delante tuya, ¿cómo puedes juzgar la realidad de estos acontecimientos? —le hizo ver Alem.

—De la misma manera que dudo de la realidad que observo cuando sueño —rebatió Abraham.

El anciano le miró extrañado, pero se percató de que el muchacho tenía razón.

—En ese caso… —dijo—, al menos escucha todo lo que tengo que contarte, y mañana por la mañana cuando despiertes podrás comprobar si esto es realidad o sueño —el muchacho se mostró conforme y el anciano continuó con la historia—. Mi nombre es Alem, antiguo Supremo Sanador de Edén, y parte de lo que hoy he contado son mis memorias personales.

>>Yo fui quien ayudó a Eva a darte a luz, en cierto modo, yo soy tu comadrona, yo te tuve entre mis brazos el día en que naciste, y predispuse que tú fueras nuestro salvador. Se programó tu futuro, se pensó en darte una educación clandestina y completa. Clandestina, porque la mezcla de sangre entre especies se consideraba una aberración, y completa, para que te convirtieras en un perfecto receptáculo para el Rashá. Pero alguien no nos quiso dar tiempo.

>>Al año de que nacieras, la bestia fue liberada. ¿Quién? o ¿cómo? nunca lo supimos, pero el monstruo emergió de las profundidades de Gehena. Temimos que pudiera terminar con el resto de la población Butzina alojada en los planetas colindantes a donde se encontraba Edén. Tomamos una decisión precipitada, pero era una decisión necesaria para salvaguardar la especie: a pesar de tu corta edad, sellaríamos al Rashá en tu interior.

>>Mas el problema principal era contener a la bestia para que yo pudiera realizar el sello. Adán y Eva, literalmente, se sacrificaron para lograr este objetivo. Tus padres se enfrentaron a la bestia y perecieron en el combate, pero me dieron el tiempo suficiente para poder introducirla en tu interior y sellarla. Las últimas palabras de tu madre fueron muy conmovedoras: “Por favor, prométeme que lo protegerás y cuidarás de él.” ¿Como negarme? Después de todo, yo estaba implicado en todo ese asunto hasta el cuello.

—Pero si mis padres murieron en aquella ocasión, entonces… —reflexionó el chico.

—Los que murieron hace 10 años no eran los verdaderos —le interrumpió el antiguo Supremo Sanador ante su sorpresa—, sólo fueron tus padres adoptivos durante tu estancia en La Tierra.

>>Una vez se produjo el confinamiento del Rashá, supe inmediatamente que me sería imposible protegerte de Kardinutas y de Butzinas: unos querrían utilizarte, otros destruirte. Sellé tu aura y te envié a la región más alejada del universo que estuviera habitada, con la esperanza de que allí estuvieras seguro. En cuánto a mi, vagué durante años por el universo, escapando de ambas razas, sabiendo que yo tenía información valiosa para ellas.

>>Perdido en los confines del cosmos, cuándo me encontraba atravesando la Vía Láctea, presentí una gran cantidad de energía en La Tierra. Curioso, me dirigí hacia el lugar del que procedía. Allí me volví a ver frente a frente con la gran bestia de oscuridad, con el Rashá. Temí que te hubiera consumido, así que luché contra ella y logré reforzar el sello de luz. Poco después me encontré con un pequeñazo pelirrojo llorando, y el resto de la historia ya la conoces.

—Es cierto —comentó el muchacho—. Yo nunca te había visto antes de aquel día, aunque mis memorias anteriores son muy borrosas y confusas, nunca te viera antes. Pero en aquel momento necesitaba a alguien, y tú estabas allí, y me dijiste que eras mi abuelo y cuidarías de mí —recordaba—. De hecho, yo antes tenía otro nombre ahora que lo pienso, pero tú siempre me llamaste Abraham, y yo acepté esa denominación.

—Es sorprendente lo rápido que estás asimilando toda esta información —observó el anciano.

—No te equivoques Alem, aún dudo de que esto no sea un sueño —respondió el chico—. Pero si esto es real y tengo en mi interior a esa bestia, entonces lo que sucedió hoy…

—Fue lo mismo que sucedió hace diez años —terminó la frase Alem—. Con la diferencia de que hace diez años era entendible: el sello estaba muy debilitado, fue lógico que a la mínima oportunidad la bestia intentara dominarte. En cambio, desde que empecé a cuidar de ti, he estado reforzando el sello periódicamente. La única razón que explica lo de hoy es que te vieras sometido a algún tipo de desequilibrio emocional.

—Así fue —le confirmó Abraham.

—Entiendo. Por suerte, aunque no llegué a tiempo de salvarles la vida a esos chicos, pude evitar que los daños fueran mayores. He de decir que esta vez fue más sencillo que en la anterior. En la otra ocasión tuve que enfrentarme a un ser informe de proporciones gigantescas. En este caso, supongo que debido a la fuerza del sello, era tan alto como un humano adulto y poseía forma humanoide.

>>Aunque fue quien de volver a herirme —dijo mientras se agarraba su aún dolorido vientre—. Concluyendo, y respondiendo a tu pregunta: tú no mataste a tus “padres” ni a aquellos chicos, el Rashá lo hizo.

Abraham se levantó del suelo, y observó aún con cierto aire de incredulidad a Alem.

—Si todo eso que dices es verdad, y yo soy un príncipe híbrido… ¿Por qué no tengo alas?

El anciano sonrió.

—Te lo he dicho antes —contestó—. Sellé tu aura para que no pudieras usar tus poderes y no pudieran encontrarte. Pero ya que me pides pruebas… —añadió mientras le miraba fijamente a los ojos.

El chico sintió que algo en su mente se liberaba, e inmediatamente, junto a un gran dolor, tan grande que le hacía dudar de su ensoñación, de su espalda emergieron, rompiendo su ropa, cuatro alas de bellas y majestuosas plumas: dos negras superiores y dos blancas inferiores. El híbrido se quedó petrificado ante tal experiencia.

—¿Qué me dices ahora? —le preguntó Alem.

—Increíble, a la vez que aterrador —contestó estupefacto el muchacho—. Dices que con esto tengo poderes, ¿qué clase de poderes?

—Ha sido un día muy largo, será mejor que descanses y mañana nos pongamos con eso.

—Está bien, pero no voy a poder dormir con estas cosas en mi espalda —mencionó burlonamente Abraham.

—Oh, sólo tienes que guardarlas dentro de ella, piensa en ello y lo conseguirás —respondió el anciano—. ¿Acaso esto no es un sueño? Deberías intentarlo al menos —añadió al ver la expresión desconcertada del chico.

Efectivamente, con tan sólo pensarlo, las alas se replegaron y escondieron en el interior de la espalda del híbrido para su sorpresa, causándole dolor nuevamente.

—Tranquilo por el dolor, acabarás acostumbrándote —comentó sarcástico Alem ante la mueca sufrida del muchacho.

—Bueno, Alem —dijo Abraham—. Ha sido una pesadilla al principio y una fantasía al final, pero me temo que este sueño debe terminar para que pueda proseguir con mi triste y desencantada vida.

—Está bien —contestó el antiguo Supremo Sanador—. Pero si esto no es un sueño, mañana tocará una dura jornada de entrenamiento, sé consciente de ello.

—Si, lo soy. ¡Buenas noches! —se despidió alegre el chico.

—¡Buenas noches! —le respondió sonriente el anciano.

***

—El mismísimo Supremo Sanador en persona ha acudido a curarme, que halagada me siento.

—No sé de que te sorprendes, según Rafael tienes información muy importante para nosotros.

—Es cierto… lo he encontrado.

Bajo la escasa e intermitente luz de algún que otro débil foco que iluminaba aquel callejón, Mahasiah se esforzaba por reimplantarle a Pahaliah su ala izquierda.

—Así que lo mataste… —comentó—. ¿Al menos te deshiciste del cuerpo?

La Butzina asintió con la cabeza a la par que enseñaba las dos alas negras que portaba en su mano derecha, claras pruebas de su delito.

—El muy cabrón me arrancó una de mis Knafáims —recordó airada—, pero yo me quedé las suyas como trofeo.

—¿Qué fue del sujeto α? —quiso saber el Supremo Sanador.

—Escapó mientras me encontraba luchando con el Kardinuta. No pude seguirlo, pues su aura se mantiene sellada, si lo encontré antes fue gracias a un error de Alem.

“Alem.” Recordó Mahasiah. “Supongo que Miguel ya se habrá encontrado con él.”

—La Knafáim ya ha sido reimplantada, ¿puedes probar a mover…? —el Supremo Sanador Butzina cayó repentinamente al suelo al ser su pecho atravesado por un rayo de oscuridad.

Los focos que iluminaban débilmente el callejón fueron destruidos. Una abrumadora oscuridad asoló el lugar. Pahaliah se colocó rápidamente de pie, en guardia.

—Responde ser de luz —se alzó una profunda voz en la oscuridad—. ¿Mataste a Adirael?

La Butzina no respondió, se mantuvo inmóvil, preparada para el combate, a pesar de no estar todavía recuperada.

—Lo repetiré sólo una vez más —volvió a resonar la voz con más fuerza—. ¿Mataste a nuestro querido compañero Adirael?

De nuevo la respuesta fue el silencio. El ser de alas negras a quien pertenecía la voz sonrió levemente y alzó su brazo hacía Pahaliah, dispuesto a hacerle correr la misma suerte que a Mahasiah.

—Un silencio es una afirmación —dijo burlonamente, y después lanzó su rayo de oscuridad hacia la guerrera.

Pero el rayo se estrelló contra el muro del fondo, destruyéndolo parcialmente. Los ojos del Kardinuta, que podían ver perfectamente en la oscuridad, se llenaron de rabia al observar la repentina desaparición de la Butzina.

—¡Imposible! —masculló.

—Padre, creo que está claro que hay un traidor entre los nuestros —comentó otra voz a su derecha—. Un Butzina no puede alcanzar tales velocidades en la oscuridad.

—Lo que si que está claro, hermano —irrumpió una tercera voz—, es que esa Butzina ha encontrado al Rashá, y nuestro compañero Adirael seguramente, al intentar protegerlo, ha sido asesinado por ella. Deberíamos informar a Eblis de esto —dedujo.

—No será necesario —les interrumpió la voz inicial—. Imaginaos si fuéramos capaces de capturar al Rashá por nuestros propios medios, hijos. Nefilin, Olivier, acaso no os gustaría convertiros en soldados de élite, o que vuestro padre se convirtiera en Supremo Caballero, o… —se quedó unos instantes pensativo, en su rostro se reflejó una mueca avariciosa—, que vuestro propio padre se convirtiera en Supremo Señor Kardinuta. Imaginaos tener el control de todo el universo, ¿no os gustaría, hijos?

—Si, padre —respondieron al unísono.

—Supremo Señor Kasbeel… —susurró mientras sonreía a su progenie. Después dirigió su vista hacia el cuerpo inerte de Mahasiah—. Olivier, arranca y destruye sus alas —le ordenó a su hijo—. No deben quedar pruebas.

—¿Qué se supone que debemos hacer ahora, padre? —quiso saber Nefilin.

—Nos quedaremos unos días por esta zona, hemos de averiguar todo lo que podamos acerca de lo sucedido —respondió—.  Pronto nuestros sueños se harán realidad.

———————————————————-

El muchacho deberá aprender a controlar sus nuevos poderes. El duro entrenamiento al que será sometido le ayudará a lograr tal tarea.

En el próximo capítulo de “El ocaso del alba”:

Capítulo 4 – Entrenamiento

Él se esforzará al máximo por proteger lo que más quiere.

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