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“El ocaso del alba”: Capítulo 3 – Cuando la verdad se quita la máscara (1/2)


CAPÍTULO 3

Cuando la verdad se quita la máscara – Parte 1

La luz de la luna penetraba a través de la ventana iluminando la pequeña cocina. Pequeña en proporción al resto de habitaciones del hogar, pero suficientemente grande para ellos dos. Abraham se sentía algo mejor estando su abuelo en casa, no obstante, desconocía por completo que era lo que le iba a contar. Había vivido demasiadas cosas en un mismo día. Nervioso, se entretenía removiendo con una cuchara el chocolate en polvo que vertiera sobre su taza de leche.

Alem se preparara un café teniendo en cuenta que, sin lugar a dudas, la charla sería larga. Desde que se comprometió a cuidar del chico fue consciente de que aquel día llegaría, pero le hubiera gustado disfrutar un poco más de la tranquila vida que llevara en los últimos años.

—Tú no mataste a tus padres —dijo el anciano, rompiendo el silencio, antes de darle un sorbo a su café—. Eso es lo primero que debes saber.

El chico se le quedó mirando, parecía predispuesto a dudar de cualquier cosa que le fuera a decir. Iba a abrir la boca para hacer otra pregunta, pero Alem se le adelantó.

—Tampoco mataste a esos chicos —le respondió.

—Pero… Las dos veces… Me desperté ensangrentado, amnésico, confuso… En ambas ocasiones… Alguien murió… No sé si es que tengo una doble personalidad psicópata o qué… Pero me es inevitable pensar que soy un asesino —le rebatió Abraham—. Además, están esos tipos con alas de hoy. Uno de ellos quería matarme por algo que había hecho —añadió.

—¿Tipos con alas? —preguntó con curiosidad Alem.

—Si, ya sé que es difícil de creer. Pero eran un hombre y una mujer con alas, como si fueran ángeles. Yo los ví, me cuesta creer que fueran reales, pero la cuestión es que lo parecían —explicó el chico—. Debes pensar que estoy delirando… —añadió al observar la cara del anciano.

—Así que te encontraste con ellos… —mencionó, provocando una mueca de sorpresa en la cara del muchacho —. Y conseguiste salir vivo… —susurró.

—¡¿Tú también los viste, abuelo?! —preguntó sorprendido.

El anciano sonrió brevemente.

—Bueno, lo cierto es que yo no soy tu abuelo verdadero —Abraham no pareció sorprenderse por esta afirmación. Tampoco la ausencia de una reacción por parte de su nieto adoptivo descolocó a Alem. Era algo acerca de lo cual el muchacho sospechaba desde hacía mucho tiempo.

El antiguo Supremo Sanador de los Butzinas se levantó de la mesa en la que ambos se encontraban y se dirigió hacia la ventana, mirando fríamente a la luna.

—Te voy a contar una leyenda —le informó a Abraham—. Una leyenda que, como cualquier otra leyenda, tiene algo de realidad, y algo de fantasía:

>>Hace muchos miles de millones de años se creó el universo, y las galaxias se fueron formando. En el centro de este, se formó la más bella de las galaxias, la galaxia Maljut de Ein Sof. Esta galaxia estaba presidida por el más precioso de los astros que han habitado el universo, la más bella de las estrellas que lo han iluminado: Shémesh.

>>Dicen que esta estrella dotaba de tal belleza a dicha galaxia, que el ser divino conocido como Boré, de quién se cuenta poseía seis alas: tres blancas y tres negras, se quedo prendado de ella. Entonces el Boré decidió que en aquella galaxia deberían existir las especies más poderosas y evolucionadas del universo, y arrancándose un ala de cada color, plantó dos semillas de vida en los dos planetas que mejor acondicionados estaban para esta.

>>El planeta llamado Edén, recibió el ala blanca, y se convirtió en un hermoso vergel en el cuál los seres de luz crecieron y evolucionaron hasta dar paso a los Butzinas, los seres de alas blancas. El planeta llamado Gehena, por otra parte, recibió el ala negra, y se convirtió en un cavernario lugar en el cuál los seres de oscuridad crecieron y evolucionaron hasta dar paso a los Kardinutas, los seres de alas negras.

El anciano hizo una breve pausa para observar al muchacho, quién le escuchaba atentamente, sumido totalmente en la historia que este le contaba.

—Los Butzinas y los Kardinutas —prosiguió—, llegaron eventualmente a entablar contacto. Y, donde lo más lógico hubiera sido llegar a un mutuo acuerdo y entendimiento por el bien del universo, nacieron el odio y el rencor. Ambas especies se observaron mutuamente con ojos de desprecio, considerando a la otra una amenaza para si mismas e incluso para el universo, proclamándose cada una como la especie que debería regir este. Así fue como nacieron las guerras.

>>Las guerras entre Kardinutas y Butzinas, entre seres de oscuridad y de luz, se prolongaron durante milenios. Fueron largos siglos de dolor y sufrimiento para ambas razas, pero ninguna dio nunca su brazo a torcer, ninguna renegó de su orgullo. Grandes héroes y villanos las aprovecharon para escribir sus nombres en la historia. Padres perdieron hijos e hijos perdieron padres. Hubo ocasiones en las que ambas razas llegaron al límite de la extinción. También se dieron breves períodos de calma, que sólo precedieron a nuevas guerras. Desde que ambas especies se conocieron, sólo supieron darse dolor y sufrimiento la una a la otra.

>>Pareciera que el ciclo sería interminable, que no terminaría la guerra hasta que una de las dos eliminara por completo a la otra, y dado que las fuerzas de ambas eran muy similares, era común el pensamiento de que ese dolor sería eterno. Pero no fue así, en la última de las guerras entre seres de oscuridad y luz, hubo una serie de sucesos que cambiaron por completo el curso de la batalla.

El anciano se volvió a sentar en la mesa para darle un trago a su café, con el fin de humedecer su seca y vieja garganta.

—¿Qué pasó abuelo? —preguntó curioso Abraham—. Por favor, continua.

Alem se limitó a sonreír ante la impaciencia del muchacho. No era de extrañar que esta historia le fascinara dada su afición por todo aquello relacionado con la fantasía.

—Coincidiendo con los recientes cambios de líderes en ambas tribus —siguió el anciano con la historia—, tras la muerte de los antiguos en un duelo personal, se produjo un genocidio Kardinuta. En toda la mitad sur del planeta fue extinguida la vida: plantas, animales, seres de oscuridad en general fueron borrados de la faz de Gehena. El hecho fue rápidamente atribuido a los Butzinas, y, dado que el evento se había producido en un corto período de tiempo y sin que las fuerzas del ejército Kardinuta pudieran reaccionar, se infundió en todo el planeta el temor de que la tribu de la luz poseyera algún tipo de arma capaz de realizar tal masacre de forma tan fácil y veloz.

>>El Señor Supremo de los seres oscuros, Adán, hizo llamar inmediatamente al Supremo Sanador Matus.

—¿Supremo sanador? —interrumpió el muchacho con su curiosidad—. ¿Qué cargo era ese?

No era una pregunta de difícil respuesta para Alem, quien conocía perfectamente el puesto.

—Podría decirse que es como el chamán de una tribu, aquel que tiene los mayores conocimientos acerca de la… “magia”, digamos —respondió el anciano.

—Entiendo —afirmó el chico, e hizo una señal para que siguiera con la historia.

—Anteriormente, Matus le había propuesto al Señor Supremo usar un arma capaz de eliminar a todos los Butzinas de un sólo golpe de forma sencilla, pero Adán, quien había ascendido al trono predispuesto a lograr la paz, se había negado rotundamente. Sin embargo, ahora se encontraba dominado por la ira y el miedo, y, viendo que, si no reaccionaba rápido su raza podría extinguirse, le dio permiso al Sanador Supremo para utilizar aquella arma a la que se le atribuía tales capacidades de destrucción.

>>El resultado fue terrible: la más larga y horrible de las pesadillas se inició aquel día —Alem fijo sus ojos en el muchacho queriéndole transmitir lo espantoso de la historia—. El Rashá fue liberado. Imagínate a la más profunda y tétrica de las oscuridades tomando forma. Aquella bestia era oscuridad pura, una gran masa de oscuridad destructiva. Sus penetrantes ojos rojos, sus grandes garras, sus afilados colmillos, sus gigantescas alas negras, su tamaño planetario.

>>Todo en él producía temor. Imagínate vivir en Edén, ser un Butzina, en un día como otro cualquiera de tu vida, y, de repente, observar a aquel gigantesco monstruo avanzar hacia ti. Lógicamente, el pánico cundió en aquel bello vergel. El ejército salió raudamente a combatirlo, pero sus esfuerzos fueron en vano. Era imposible contener a aquella bestia. Se inició la evacuación de todo el planeta, pero realmente muy pocos se salvaron: los habitantes del palacio real, soldados de élite y algunos civiles.

>>Eva, la Suprema Señora de los Butzinas, tuvo que observar desde otro astro, con estupefacción y espanto, como aquella oscuridad, como la destrucción misma, se agarraba al planeta en el que había habitado su raza desde el comienzo de los tiempos, y en unos segundos, con sorprendente facilidad, lo hacía volar en mil pedazos. Los pocos seres de luz que sobrevivieron lo perdieron prácticamente todo en ese instante. La desesperación y la tristeza inundaron el universo.

>>En medio de todo el caos, aquella bestia parecía estar feliz, disfrutando con lo que acababa de hacer, y la galaxia entera enmudeció cuando de aquel monstruo emergió la más oscura y cruenta risa imaginable, capaz de helar a todo ser que la estuviera escuchando. El mismo Adán, quien había ordenado aquello, sintió terror ante la visión que contempló y miedo de si mismo por haber liberado a aquel monstruo. Por lo que ordenó a Matus, quién pareciera estar feliz por los resultados del experimento, que encerrara para siempre a aquel ser.

>>Durante los siguientes meses, Adán prohibió terminantemente cualquier ataque hacia los Butzinas restantes, aún siendo consciente de que si los dejaba vivos acabarían vengándose. El odio y el rencor entre las razas crecieron más que nunca, y el breve periodo de paz se llenó de una inaguantable tensión. Aprovechando la paz, Gabriel, hermano de Adán, preocupado por el estado de locura en el que cayera este, incluso llegando a intentar suicidarse en varias ocasiones, investigó más a fondo acerca del Rashá… y llegó a un terrible descubrimiento.

El anciano hizo una pausa para tomar un poco de café. Los ansiosos ojos de su nieto parecían reclamarle que no se detuviera en su narración.

—Aquel genocidio atribuido a los Butzinas —continuó—, no tuvo nada que ver con estos, pero si con cierto Supremo Sanador y sus macabros experimentos. Gabriel reveló que Matus había usado a la mitad de la población del planeta Gehena como sacrificio para crear a aquel ser. El Rashá fue concebido a partir de la energía obtenida de media población Kardinuta. Aquella masa de oscuridad destructora era en realidad una aglomeración de seres de la oscuridad.

>>Tan terrible noticia aterrorizó al Señor Supremo, quien rápidamente pidió explicaciones a Matus. Este se limitó a contestar que tales sacrificios eran necesarios por el bien de la raza. Airado, Adán ordenó el destierro de este, advirtiéndole de que si volvía a pisar Gehena, sería inmediatamente asesinado sin dudar.

>>Pero la semilla de odio plantada por el antiguo Supremo Sanador Kardinuta crecía incontrolablemente. La peor de las guerras se avecinaba, y el Supremo Señor entristecía al verse impotente. Gabriel, también preocupado por la situación, consiguió concertar una reunión clandestina entre Adán y Eva, en la cuál le explicarían a la Suprema Señora del ahora inexistente Edén sus descubrimientos e intentarían llegar a un acuerdo de paz.

>>Muy superior a las expectativas de los dos hermanos, Eva, cansada de ver sufrir a su gente, se mostró predispuesta a lograr la paz entre ambas razas. Una vez conocidos todos los detalles que les llevaron a la situación actual, el objetivo primordial de ambos Señores Supremos fue el de encontrar una manera de evitar que la bestia pudiera volver a ser usada. Para esta labor dispusieron de la ayuda del Supremo Sanador Butzina, Alem. Este llegó a la conclusión de que, no habiendo posibilidades en ese momento de destruir al monstruo, lo más sensato sería encerrarlo en un receptáculo del cuál le fuera complicado escapar.

>>Se pensó en usar algún objeto, pero por muy oculto que estuviera, siempre cabía la posibilidad de que alguien lo encontrara y lo usara con perversos fines. Se llegó a la conclusión de que la mejor opción era la de utilizar a un ser vivo, pero no podía ser un ser de luz, pues sería destruído por el Rashá. Por otra parte, debía ser alguien con gran fuerza de voluntad e ideales pacifistas, llegando a ser capaz de poder controlar a la bestia, pero sin usarla. Ante la sorpresa de todos, Gabriel se presentó voluntario.

>>Adán se negó instantáneamente a que su hermano albergara a la bestia, pero Gabriel ya había tomado una firme decisión: el portaría al Rashá. Alem se encargaría personalmente de realizar el sello que encerraría al monstruo en su interior. Todo fue predispuesto y preparado para el confinamiento de la bestia. En el día elegido, Adán, Eva, Alem y Gabriel bajaron a las cavernas más oscuras y profundas de Gehena, en las que se hallaba la bestia encarcelada.

>>Una vez todo estuvo preparado y dispuesto, el Rashá fue liberado. Alem atrapó al monstruo en una esfera de luz, y logró introducirlo en el cuerpo de Gabriel, sellándolo en él. En un primer momento, todo pareció salir perfecto. Pero poco después de ser encerrada la bestia, el hermano de Adán empezó a sufrir espasmos y convulsiones. Intentaron auxiliarle, más no se pudo hacer nada, su cuerpo pronto adquirió una oscura forma que poco a poco se fue haciendo más grande. El Rashá había consumido a Gabriel.

>>La bestia fue encarcelada en su mazmorra terrenal de nuevo. La desgracia y la desolación también volvieron a abatir a Adán ante la perdida de su hermano. Si no hubiera tenido a Eva a su lado, nadie sabe que hubiera sido de él. Aún siendo de razas distintas y contrarias, Eva y Adán habían entablado una afectiva relación durante el período de paz, se podría decir que habían llegado a enamorarse el uno del otro.

>>Alem se dio cuenta de esto y les propuso un plan para encerrar definitivamente a la bestia: si ningún ser de luz ni ningún ser de oscuridad era quien de poder albergarla en su interior, la única solución era confinarla en un ser de luz y oscuridad a la vez, en un híbrido. Adán y Eva debían tener un hijo con el fin de que este sirviera de receptáculo. Aunque ninguno de los dos  hubiese mostrado sus sentimientos todavía, estaba claro que ambos se amaban, así que finalmente accedieron. Un año después de que Gabriel fuera consumido por el Rashá, nació el hijo de los Señores Supremos… ¡Abraham! —el anciano se levantó de su asiento, y, de su espalda, emergieron sus dos viejas alas blancas que, desplegadas, ocuparon longitudinalmente la práctica totalidad de la estancia.

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