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“El ocaso del alba”: Capítulo 2 – Viejos amigos (2/2)


CAPÍTULO 2

Viejos amigos – Parte 2

—Realmente luces de forma aterradora —le dijo a la bestia alzando la voz—. Pero mi nombre es Miguel, Señor Supremo de los Butzinas. Es mi deber como soberano tomar las decisiones adecuadas para el bienestar de mi raza. Tú representas la mayor amenaza en años para nuestra supervivencia, por lo tanto, la decisión que he tomado es que debes desaparecer de la faz de este universo —afirmó desafiante.

Como si hubiera entendido las palabras amenazadoras de Miguel, la bestia entornó sus ojos rojos y lanzó sus tentáculos con furia contra él. Al no contar con ayuda, el Ser Supremo de los Butzinas se las ingenió para poder ganar tiempo. Viendo que, por más que cortara tentáculos, estos seguían emergiendo y ello sólo contribuía a acelerar su cansancio físico, levantó una barrera esférica de luz a su alrededor, que resistió los constantes ataques del monstruo. Sin embargo, era tal el poder de la bestia, que tras unos cuantos golpes, logró derribar el escudo de luz, partiendo el ala derecha de Miguel, que, desestabilizado, se precipitó contra el suelo.

A pesar del dolor, se levantó rápidamente con intención de reemprender el vuelo y devolverle el golpe. Mas no pudo, se quedó congelado ante la visión que tenía delante: los tentáculos de oscuridad se arremolinaban unos con otros, pareciendo formar una gigantesca garra, una garra que se dirigía hacia él. “No puedo morir aquí.” Pensó. “No pienso morir aquí.” Esgrimiendo su espada, hizo señales a la bestia de que estaba preparado para proseguir con el combate. Esta, aceptando su desafío, alzó la garra de oscuridad con el propósito de aplastar a Miguel.

—¡Listo! —Se oyó gritar a Alem.

El monstruo puso sus enormes ojos rojos entonces en la enorme esfera de luz que el anciano creara, e, intentando detenerle, lanzó su enorme garra hacía él. El antiguo Supremo Sanador profirió un grito de dolor cuando la bestia desgarro con excesiva facilidad su vientre, dejando al descubierto sus órganos internos; pero ya era tarde, la bola de luz había sido lanzada contra ella y nada pudo evitar la colisión. La garra de oscuridad fue deshecha por la luz, y la energía oscura que formaba su cuerpo fue apagándose poco a poco. Todo fue iluminado por el gran brillo que despedía aquella esfera. Cuando este se apagó, la bestia se había esfumado del lugar.

No obstante, Miguel observó una pequeña sombra en la lejanía, y rápidamente la siguió. A unas manzanas de allí, encontró, tirado en la acera, a un pequeño niño pelirrojo de no más de 5 o 6 años, ensangrentado y profundamente dormido, más bien inconsciente. Sin pensárselo dos veces, agarró su espada dispuesto a clavársela en el pecho al pequeño.

—¡Detente! —gritó una voz a sus espaldas. A pesar de su lamentable estado, Alem lograra seguirlo hasta allí, agarrándose la zona dañada, de la que emergía sangre a borbotones—. No mates a ese niño, ¡te lo ruego!

—¿Por qué no debería matarlo? Ya has visto al monstruo de su interior, ya has visto de lo que es capaz. Me niego a dejar que mis soldados hayan muerto para nada —explicó molesto el Señor Supremo de los Butzinas—. Lo que me sorprende es que lo dejaras vivo, se suponía que debías matarlo, para eso murieron mis hombres —le acusó.

—Nunca pensé en matarlo —contestó Alem—. Sólo reforcé el sello de luz que le coloqué hace cinco años, para evitar que la bestia lo rompiese totalmente —hizo una breve pausa, haciendo notar lo que le costaba gastar energía para hablar en aquellas condiciones—. Perdónale la vida, por favor. Hazlo por todo lo que te enseñé cuando eras pequeño, hazlo por tu hermana, porque era su deseo… o hazlo porque te acabo de salvar la vida, pero, por favor, hazlo —le suplicó.

Miguel observó la gran herida del vientre del anciano, que dejaba al descubierto su interior, por la cual la sangre no cesaba de fluir. Recordó el código de honor que aprendiera durante su formación como soldado: “La vida es lo más preciado para un guerrero Butzina, sin importar las condiciones de la batalla, todo guerrero debe velar por la seguridad del resto, y todos han de saber agradecer que se les proteja.” Bajando la cabeza, Miguel terminó cediendo a las peticiones de Alem.

—De acuerdo —dijo a regañadientes—, lo dejaré con vida… por ahora —Miguel observó al pequeño ser, que, inconscientemente, era un total desconocedor de los eventos ocurridos en aquel día—. Dime Alem, ¿serás quién de cerrar esa herida? —le preguntó preocupado, observando que la hemorragia no se detenía.

—Por supuesto, ¿quién te crees que soy?—respondió confiado el anciano.

—¿Y que harás con todos los seres de este planeta que han presenciado los eventos de hoy? —quiso saber.

—Les borraré los recuerdos pertinentes. No debería ser complicado, al fin y al cabo sus mentes están mucho menos evolucionadas que las nuestras, deberían ser fáciles de manipular.

—Supongo que por alguna razón fuiste el Supremo Sanador de Edén. De acuerdo, en ese caso yo… —dijo el Señor Supremo mientras se retiraba del lugar, pero antes de terminar la frase dirigió una fulgurante mirada a Alem—. Debes de saber, que lo que hoy se te ha concedido no es más que un aplazamiento de lo que debe suceder. Escúchame bien, me da igual a dónde vayas, dónde te escondas, en este planeta o en otros, no me importa, porque te encontraré Alem, te lo prometo, y sabes que yo jamás falto a una promesa —tras pronunciar aquellas desafiantes palabras, desapareció, confundido entre los rayos del astro rey.

Durante las horas siguientes, Alem se esforzó en parar la hemorragia y cerrar la grave herida, además de tomarse la molestia de modificar cualquier recuerdo que los seres de ese planeta hubieran tenido en cuanto a lo que respectaba a la aparición de la bestia y a la posterior lucha. Al llegar la noche, finalmente, el niño despertó. Asustado al verse lleno de sangre, rápidamente se hizo un ovillo y se puso a llorar. El anciano no supo como actuar, intentó acercarse a aquel pequeño, que en poco se parecía ya a aquel bebé al que en el pasado ayudara a nacer.

“Abraham; mi hijo y nuestro salvador, se llamará Abraham” dijera en aquella ocasión su madre al sostenerlo entre sus brazos. No hizo falta que el anciano dijese o hiciese nada, Abraham alzó la mirada llorosa hacía él, y, como si fuera un conocido de toda la vida, se abrazó a él, aún llorando de forma desconsolada.

—No te preocupes más pequeño, yo cuidaré de ti —susurró Alem—, Abraham, hijo de Adán y Eva.

Sumido aún en sus recuerdos, Alem se encontró de repente en frente a la puerta de su casa.

Al entrar, observó las luces encendidas, por lo que dio por hecho que su nieto estaba allí. La televisión estaba encendida, en el telediario local hablaban sobre el terrible asesinato de tres jóvenes. El anciano enseguida lo relacionó con los sucesos vividos en esa misma jornada. De repente, escuchó el sonido del metal siendo desenvainado en el sótano, y en su mente todo se fue relacionando dando lugar a una descabellada teoría.

***

Sumida entre las sombras, oculta en la oscuridad, en su hábitat natural, Lilith meditaba con gesto serio. Su negra piel se erizó y sus marrones pupilas se dilataron cuando la calma de su soledad fue interrumpida por una inesperada visita. Con una fulgurante sonrisa, se levantó del trono en el que se aposentaba, y, apartándose de los ojos el flequillo de su largo, ondulado y hermoso pelo negro que desembocaba en sus caderas, se acercó a recibir a su visitante.

—Mi Supremo Caballero Eblis —dijo sonriente mientras se agarraba a su cuello para posteriormente besarle con pasión—. Os he dicho que no me visitéis de forma tan poco cuidadosa —le recriminó—. ¿Qué pensarían el resto de mis soldados si supieran de nuestros encuentros?

Eblis la observó sin mostrar ninguna reacción en su rostro. ¿Porque se molestaba tanto en guardar las apariencias? Entre todos los Kardinutas era conocida la lujuriosa personalidad de su Suprema Señora Lilith, y sus coqueteos con sus soldados de élite, en especial con él. Todos sabían de las pasiones que suscitaba en ella aquel joven de negra piel con músculos bien definidos, dotado de una larga, lisa y hermosa cabellera negra, que caía sobre su rostro tapando su ojo derecho.

—Mi Señora Suprema —pronunció al recordar la razón de su visita—, me temo que no vengo por lo que creéis.

Lilith pareció mostrar en su cara una mueca de desilusión. Apartándose de Eblis, se acomodó nuevamente en su trono y refunfuñó:

—Entonces, ¿a que habéis venido?

—Recolectando información para nuestros informes, no hemos podido realizar ningún tipo de contacto con Adirael —le hizo saber.

—¿Es con el único con el que ha habido problemas? —preguntó contrariada Lilith.

—Así es —afirmó Eblis—. Creemos que posiblemente haya sido asesinado por los Butzinas.

—¿Acaso se han atrevido a romper el Pacto de paz universal? —quiso saber airada la Señora Suprema—. ¿Cuál podría ser la causa?—se preguntó confusa.

Eblis se quedó en silencio, observando fríamente a Lilith. Esta pareció entenderlo todo al instante. Una demoníaca sonrisa se dibujó en su bello rostro.

—Parece que realmente el Boré si está con nosotros —musitó—. Eblis, mi Supremo Caballero, no podemos quedarnos quietos, es el momento que hemos estado esperando durante todo este tiempo. Antes de nada, quiero confirmar estas suposiciones: envía a varios guerreros a las coordenadas en las cuáles se encontraba Adirael. Ordénales que investiguen a fondo el lugar y comuniquen cualquier hallazgo.

—Si, mi Suprema Señora —y tras realizar una reverencia, se retiró de la oscura estancia en la cual Lilith se aposentaba.

—El Rashá… ¡Por fin será nuestro! —susurró sonriente la bella Señora Suprema de los Kardinutas.

***

Cogió una de las katanas que colgaban de las paredes de la estancia, formando junto al resto de armas una gran colección. Desenvainó con cautela el arma y la sujeto orientada hacia él, con el filo apuntando a su vientre, dispuesto a suicidarse, de rodillas, como lo hacían los gloriosos guerreros de un país lejano al que tenía cierto aprecio. “Si yo he cometido esos asesinatos, nunca seré capaz de perdonarme.” Se dijo a si mismo. “Lo siento abuelo. Lo siento Carlos. Lo siento Sandra. Pero ni siquiera vosotros estáis seguros conmigo.” Cerró los ojos y se dispuso a hundir el arma.

Súbitamente, la katana desapareció de sus manos. Al abrir los ojos se encontró con su abuelo frente a frente, que sujetaba el arma con cara de pocos amigos.

—¡Idiota! —gritó enfadado—. ¿En qué demonios estabas pensando? ¿Qué sería de mí o de tus amigos si tú desaparecieses de la faz de este planeta? ¿Qué tipo de pensamiento egoísta te ha llevado a siquiera plantearte semejante locura?

El muchacho bajo la cabeza para evitar la furtiva mirada de su abuelo, y se mantuvo por unos segundos en silencio.

—Abuelo… —pronunció con dificultad—. Dime la verdad… ¿Yo maté a mis padres? —preguntó mientras elevaba lentamente la cabeza.

Los llorosos ojos del muchacho entraron por la retina del anciano y alcanzaron su corazón. Poniéndose de rodillas, a su altura, y sujetándole por los hombros, le dijo:

—Abraham… Ha llegado el momento de que conozcas la verdad.

——————————————————

La verdad suele ser una dama en un baile de máscaras venecianas. La verdad a veces se oculta, porque cree que si sale a la luz será dolorosa.

En el próximo capítulo de “El ocaso del alba”:

Capítulo 3 – Cuando la verdad se quita la máscara

“Ha llegado el momento de que conozcas la verdad.”

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