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“El ocaso del alba”: Capítulo 2 – Viejos amigos (1/2)


CAPÍTULO 2

Viejos amigos – Parte 1

A paso lento, agarrándose con la mano derecha el vientre todavía dolorido, dejaba a merced de algún vaivén provocado por el viento su larga barba blanca. Esta, junto con aquella despeinada cabellera digna de un genio, sus antiguos anteojos, su peculiar sombrero y su característico traje, ahora rasgado por la zona dolorida y la espalda, le daban un extravagante aspecto, muy comentado por su vecindad.

Aunque era un hombre ya mayor, muchos le señalaban una cualidad física impropia para su edad. Pero quien lo observara en aquellos momentos dudaría de que fuese la misma persona alegre y divertida que saludaba todas las mañanas al vecindario entero con una sonrisa. No, el hombre que prácticamente se arrastraba por aquella vacía avenida mostraba en su rostro una aterradora seriedad, consciente de lo que estaba por venir.

Repentinamente, sintió una presencia a sus espaldas. Se giró a tiempo para parar, con la mano que tenía libre, el puñetazo dirigido directamente a su cara, agarrando el puño de su agresor. El ser que le atacó le observó fijamente, desafiándolo; el anciano respondió con otra mirada igual de desafiante. Ambos contrincantes saltaron con sorprendente rapidez y agilidad hacia lados opuestos. Bajo la luz del ocaso, volvieron a dirigirse miradas furtivas. El anciano musitó:

—Alas blancas, complexión fuerte, rubia barba descuidada, una corta melena recogida en una pequeña cola de caballo, los blancos ropajes reales y la mirada altiva de un soberano. Pero en tu rostro se observa el paso del tiempo. Así que finalmente me has encontrado, Miguel —pronunció con excesiva tranquilidad el anciano. Justo después, de su espalda, por las roturas del traje, emergieron dos majestuosas alas de plumaje blanco, aunque desgastado por el tiempo.

Miguel no respondió a las deducciones de su interlocutor, solamente mostró una sonrisa burlona y se abalanzó sobre su rival. Rápidamente fue quien de ponerse frente a frente con él y se dedicó a lanzar sus puños, cargados de un aura de luz, contra su contrincante a una velocidad inverosímil. El anciano no se quedó atrás, y supo detener con igual rapidez cada uno de los golpes lanzados por su adversario, siendo capaz de pararlos sólo con una mano, mientras que con la otra se sujetaba su aún dolorido vientre.

Miguel enfureció al ser incapaz de quebrar la perfecta defensa de Alem. Echándose hacia atrás, desenvaino la espada que portaba en su cintura, una espada distinta a cualquiera que usaran los humanos. Únicamente era similar a estas en el pomo, pues no se podría distinguir el material del que estaba hecho su filo, ya que este irradiaba una deslumbrante luz. Así pues, dirigió la espada hacia su contrario en un desesperado intento por lograr la victoria.

Pero ni por esas el anciano flaqueó, siendo capaz de agarrar el filo de la espada y detener la trayectoria de esta. Con un rápido giro de muñeca desarmó a su rival, y con otro veloz giro de cintura lo envió al suelo al propinarle una acertada patada en el rostro. Agarrando la espada por su pomo, se acercó a su contrincante y le colocó la punta de esta en el pecho.

—Quince años después sigues sin ser quién de derrotarme Miguel. ¿Dónde está tu orgullo de Señor Supremo? —le achacó el anciano.

Miguel se quedó unos segundos en silencio, ofendido por su derrota. Finalmente en su cara se pintó una sonrisa que precedió a una soberana carcajada.

—¡Ja, ja, ja, ja! ¡Realmente increíble, verdaderamente asombroso! Aún herido, eres capaz de ser tan ágil y diestro en la lucha. Ni siquiera todo mi entrenamiento de estos últimos años ha servido para vencerte. Nunca dejarás de sorprenderme Alem. Supongo que por algo fuiste mi maestro.

—De verdad que me encantaría recordar viejos tiempos Miguel —dijo con pesadez el anciano—. Pero me temo que el hecho de que estés aquí no son buenas noticias para mí.

—Te lo prometí, maestro —afirmó sonriente Miguel—. Hace 10 años te prometí que volvería. Han sido duros años de búsqueda, fuiste muy inteligente al cambiar tus coordenadas y sellar tu aura para dificultarnos la labor. Pero tu vientre dolorido es prueba de que la bestia ha despertado. Lo que una vez comenzó, debe terminar.

Alem le observó con profundo desprecio.

—Debería matarte aquí mismo —susurró, acercando peligrosamente la espada al pecho de Miguel.

—Sabes perfectamente que no puedes —le informó con tono burlesco el Señor Supremo.

—Quizás no pueda matarte, pero si que puedo detenerte —le corrigió su antiguo maestro, borrándole su burlona sonrisa.

—¡¿Qué te creías?! —estalló Miguel enfurecido—. ¿Que podrías ocultarlo por siempre de nosotros y de ellos? ¿Que podrías criar y cuidar de ese monstruo por siempre? ¿Darle una vida normal? Despierta Alem, sabes la importancia que tiene en este conflicto; tarde o temprano esto acabaría sucediendo. Estos son los riesgos a los que te has expuesto por empeñarte en salvar a ese engendro.

—¡No hables así de tu sobrino! —le respondió Alem airado. A la vez, hundía la espada de luz en el pecho de Miguel, pero este parecía no sentirlo.

—Tal aberración nunca será de mi misma sangre —protestó rotundamente este—. Toda su familia o está muerta o ya ha renegado de él, ¿porque tú te empeñas en salvarlo? Sabes que es lo que habita en su interior, sabes que ha despertado, sabes porque perdimos nuestro hogar, porque Edén fue destruido, la tremenda suerte que tenemos de que nuestra raza no esté extinguida, el peligro que corremos con esa bestia suelta.

>>Sabes todo eso, ¿y aún así sigues queriendo protegerle? —Miguel esperó a que la impasible mirada de Alem mostrara algún signo de debilidad, de sumisión. Mas no fue así, el anciano no cedió—. ¿Acaso ya has olvidado a Lamec?

Los ojos del longevo ser se abrieron exageradamente cuando el Señor Supremo nombró al único hijo que tuvo, y luego se cerraron llorosos rememorando como lo perdió. Quiso echarse a llorar, darle la razón a su antiguo pupilo, pero no podía hacerlo, aún le quedaba una misión por cumplir en la vida. “El pasado debe enterrarse para no causar más dolor del necesario”. Reflexionó.

—Les hice una promesa a sus padres, una promesa que cumpliré hasta que exhale el último de mis alientos —le hizo saber a su antiguo alumno, clavando su mirada en sus ojos de la misma manera que clavaba la espada en su pecho.

—¿De que sirve mantenerle una promesa a dos muertos? —replicó Miguel. Después, aprovechando un descuido de Alem, logró rápidamente levantarse y alejarse unos metros de él, con la espada todavía clavada en su pecho—. ¡Por mantener una promesa a dos muertos condenarás a toda tu raza! —exclamó mientras se extraía la espada y la volvía a envainar. Misteriosamente, tras la extracción de esta, en su pecho no pareció quedar cicatriz ni herida alguna—. Lo sabes, ¿no, maestro? Eres considerado un traidor entre los nuestros.

>> Igual que a ti aún te duele esa herida, yo aún tengo una espina clavada por esta —señaló su ala derecha, la cual estaba cortada por la mitad—. Te dejé escapar hace diez años porque me salvaste la vida, pero eso no significa que te haya perdonado tu traición. —dijo amenazante antes de desaparecer instantáneamente de la escena, como si su cuerpo no fuera material, como si viajara a una velocidad anormal, confundido entre los rayos anaranjados del ocaso.

Alem se quedó un rato parado, quieto en el lugar en el cuál terminara de charlar con Miguel. Después de un rato pensativo, volvió en si, replegó sus alas, que se ocultaron en el interior de su espalda, y siguió con su lento avance hacia su hogar, sin dejar de sujetarse la zona dolorida. “Tal como hace diez años.” Pensó. “La historia tiende a repetirse.” En su cabeza renacieron viejas memorias.

La situación fuera idéntica, sin ninguna duda: el recuerdo de verse frente a frente con aquel ser sin forma definida, con aquella aglutinación de energía oscura del tamaño de un edificio, se le quedara grabado para el resto de la eternidad. Hoy de nuevo tuviera que medirse a esa bestia, y de nuevo sintiera esa sensación de poderío, de miedo, de estarse enfrentando a un dios.

Milagrosamente, en ambas ocasiones saliera vivo. Sin embargo, de nuevo no pudo salvar otras vidas. Si en el pasado fueron las decenas de personas que sufrieron la mala suerte de encontrarse con la bestia, en esta ocasión fueran aquellos tres chicos. Nuevamente llegara tarde, de nuevo se hiciera evidente que la naturaleza de aquel ser le instaba a destruir.

Aquella vez se quedara paralizado; hoy, a pesar de estar preparado, no pudo evitar sentir un cierto temblor en sus piernas al principio del enfrentamiento. Esta vez tuviera que hacerlo él sólo; aquella vez tuviera ayuda…

—Así que lo encontraste maestro —le sorprendiera en aquella ocasión la voz de un joven Miguel a sus espaldas, sacándolo de su parálisis.

—¿Qué… qué haces aquí? —tartamudeara el anciano ante su sorpresa.

—Hace tiempo que te seguimos Alem, teniendo cuidado de no expandir demasiado nuestras auras para que no fueras consciente de nuestra presencia —le respondió—. Y veo que hicimos lo correcto. Realmente luce terrorífico, ¿no te parece? —comentó impasible al observar los penetrantes ojos rojos de la bestia—. Mira todo el caos que ha creado, todas las vidas que ha segado —dijo al ver las decenas de cuerpos desfigurados y mutilados que decoraban el entorno—. ¿Sabes cómo derrotarlo? —quiso saber.

—Si, pero necesitaré vuestra ayuda. Sé que es una tarea complicada, pero si sois quiénes de detenerlo el tiempo suficiente, podremos vencerle —respondió Alem esperanzado.

—Mis hombres fueron entrenados para esta misión, se dejarán la vida en ella si es necesario —alardeó orgulloso Miguel. Levantando una mano, hizo una señal a los cuatro hombres que a sus espaldas esperaban expectantes sus órdenes. Tras recibirlas, desenvainaron sus espadas de luz y agitaron sus alas, emprendiendo el vuelo con el fin de detener al monstruo.

Alem juntó sus manos y luego las separó dejando unos centímetros de separación  entre ambas. Una bola de luz se empezó a formar en el espacio que delimitaban. En el aire, los guerreros se esmeraban en ganar tiempo, cortando los tentáculos de oscuridad que del monstruo emergían, lanzando rayos y esferas de luz contra él.

Sin embargo, daba la impresión de que, a pesar de todo su esfuerzo, no obtenían ningún resultado: los ataques de luz apenas parecían hacerle daño y los tentáculos seguían emergiendo, como si aquel ser fuera una fuente inagotable de energía oscura. Aquellos soldados se podían considerar la élite dentro de su raza, pero incluso la élite tenía sus limitaciones. Pronto el cansancio empezó a hacer mella y los ataques de la bestia se volvieron más agresivos. No desistieron, aunque con menor energía que al comienzo, siguieron impasibles, en su afán de entretener al monstruo.

No obstante, el curso del combate cambió cuando el más joven e inexperto de ellos se atrevió a ver fijamente a aquellos dos focos rojos, a mirarle a los ojos a la destrucción misma. Y él, que era un soldado de élite, experimentó la misma parálisis que Alem al principio. La bestia no desaprovechó la ocasión, y lo atravesó por el vientre con uno de sus tentáculos.

El soldado profirió un agudo grito, el dolor que sentía era similar al que sufriría si sus órganos internos fueran abrasados por las mismas llamas del Sol. El ser de ojos rojos se dedicó entonces con sádica devoción a arrancarle las alas, como un niño que acaba de atrapar a una mosca entre sus manos y se divierte a costa de su sufrimiento.

Alem observó la macabra escena con los ojos desorbitados. Miguel, impasible, le dirigió una severa mirada para que siguiera con su trabajo, y el anciano decidió no dejar que el sacrificio del soldado fuera en vano. Distinta a la reacción de su Señor Supremo, el resto de soldados enfureció al observar la horrible muerte de su compañero, y, guiados por el odio, se abalanzaron, espadas en alto y grito en la garganta, contra el monstruo.

Su destino no fue demasiado diferente: la élite del ejército de Miguel acabó transformándose en inertes cuerpos desmembrados, mutilados, desgarrados… Uno a uno los guerreros fueron convirtiéndose en juguetes a merced del sádico ser, que parecía divertirse con tal ocupación. Muertos todos sus guerreros, el Señor Supremo descruzó los brazos, desenvainando su espada de luz.

—¿Te queda mucho? —le preguntó a Alem sin quitar la mirada de la bestia.

—Sólo un poco más —respondió el anciano, que se esforzaba en hacer cada vez más grande la esfera de luz que se formaba entre sus manos, ahora separadas prácticamente por metros.

Miguel asintió, y, blandiendo su espada, elevó el vuelo con la misión de evitar que las muertes de sus subordinados fueran en vano.

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¿Qué tal, lectores?

Yo actualmente líado con la autoescuela, en nada tengo el teórico. Pero bueno, después me tocan una semana de vacances en la playa y otras dos en Canadá. Mas no os preocupeis, seguiré publicando semanalmente “El ocaso del alba” e incluso empezaré a trabajar en alguna nueva sección, como puede ser en la de personajes de la obra, o a subir algunos relatos cortos que tengo por aquí guardados, a los que deberé echar un vistazo y repasar.

En cuanto a mi obra predilecta, actualmente está escrito hasta el capítulo 4, suficiente hasta que vuelva de vacaciones y retome la apasionante aunque ardua labor de la escritura.

Por favor, dejen sus comentarios, opiniones y/o críticas, siempre es bueno para un escritor saber que existe alguien que le lee.

Saludos desde la cloaca.

Atentamente: Mickael Vavrinec

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