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“El ocaso del alba”: Capítulo 1 – Los seres alados (2/2)


CAPÍTULO 1

Los seres alados – Parte 2

Entonces la recordó, la gran biblioteca que su abuelo tenía en el ático. Sin pensárselo dos veces, subió la escalera de caracol que conducía al lugar; allí se encontró con la gran variedad de libros que en sus estanterías guardaba aquella espléndida estancia, la cual anhelaría poseer cualquier buen amante del conocimiento y la literatura. Él raramente pisaba aquel lugar, única y exclusivamente buscando información para trabajos del instituto, o para paliar el aburrimiento con algún buen libro de fantasía y aventuras.

Su abuelo, en cambio, podía tirarse horas y horas en aquel lugar. Sentado en el amable sillón, dispuesto estratégicamente al lado de la chimenea, que se encontraba al fondo de la sala, le había visto devorar y devorar libros, enciclopedias y todo aquel material de lectura que se encontrara en la estancia. Como si de un buen bibliotecario entregado con pasión a su trabajo se tratase, había ordenado y clasificado meticulosamente cada uno de los libros que en la estancia se encontraban, ordenándolos por temática principalmente.

El muchacho se dirigió sin vacilar a la estantería adornada con un cartel que indicaba que en ella se encontraban libros acerca de la religión. Allí había libros y libros sobre distintas religiones de todas las partes del mundo, la Biblia o el Corán entre ellos. Debido a lo bien ordenados que se encontraban, le fue fácil hallar rápidamente lo que buscaba: libros sobre demonología y angelología. Cargado con ellos, rechazó la invitación del amable sillón, y bajó al salón, lugar en el que se sentía mucho más cómodo para buscar respuestas a sus preguntas.

Tumbado en el cómodo sofá, aprovisionado de patatas fritas y bollería industrial para saciar el hambre, pasó la práctica totalidad de la tarde leyendo aquellos libros, buscando en ellos alguna pista que le ayudara a comprender mejor la naturaleza de aquellos seres alados que le sorprendieran en aquel amargo despertar, al igual que a conocer sus objetivos.

Su investigación dio pocos frutos, aunque el primer ser en aparecer tenía el aspecto de un ángel, sus rasgos femeninos hacían dudar al muchacho, pues a pesar de la constante contradicción entre unos libros y otros, la opinión general era que los ángeles eran seres sin sexo definido. Sobre seres de alas negras no encontró prácticamente nada, los demonios eran descritos como seres mitad animal, mitad hombre, y en caso de poseer alas, estas se asemejaban a las de un murciélago. Lo único parecido al ser de alas negras era el antiguo ángel Luzbel, que posteriormente se alejaría de Dios para convertirse en Satán, es decir, un ángel caído.

Sobre los posibles objetivos de aquellos seres, descubrió que una de las misiones de los ángeles era ejecutar el juicio de Dios. “¡¿El juicio de Dios?!” Se preguntó sobresaltado. ¿Qué atentado hiciera él contra Dios como para que uno de sus supuestos ángeles hubiera intentado matarle? De nuevo la sangre con la que se encontrara al despertar volvió a fluirle por el río de sus pensamientos, a hacerle caer de nuevo en aquellas imaginaciones de las que sólo tenía como prueba aquella sangre que quitara de su piel y ropa unas horas antes.

—¡Otra vez no! —se dijo a si mismo—. ¡Tranquilízate joder!

Decidió encender de nuevo la televisión en busca de una distracción. Confiaba en que los monigotes con los que se encontrara anteriormente ya hubieran terminado con su bochornoso espectáculo. Eran las nueve de la noche, así que lo lógico era que estuvieran echando el informativo local. Rápidamente se arrepintió por completo de haber encendido aquel aparato.

—Una tragedia se cierne hoy sobre nuestra ciudad —narraba con voz melancólica la presentadora— los cuerpos de tres jóvenes han sido encontrados mutilados y con los órganos internos desgarrados, en lo que parece haber sido una matanza sin sentido, realizada por algún tipo de psicópata. La identificación de los cuerpos ya ha sido realizada por la policía científica, y las familias de los jóvenes ya han recibido las condolencias del alcalde, quien ha abandonado su campaña electoral para pedir a todos los ciudadanos que vigilen a sus hijos, y prometerles que el autor de tan espantoso crimen será capturado lo más pronto posible. El entierro de los tres jóvenes se realizará en el cementerio de la ciudad pasado mañana.

El muchacho no se lo podía creer, mientras la presentadora hablaba, las fotos de los tres chicos eran mostradas, y los ojos de cada uno de ellos se le clavaban en el cerebro, de tal forma que pensó que la cabeza le iba a estallar. Reconocía perfectamente aquellos rostros, eran chicos de su instituto, precisamente los principales responsables de su baja autoestima y de su miedo diario a pisar la escuela. Ellos le habían maltratado física y psíquicamente desde hacía años. Desde que conoció a Carlos los abusos habían decrecido, y sólo se producían cuando le encontraban sólo, pero eran mucho más brutales que antes.

Les odiaba, era cierto que les odiaba, pero, ¿acaso les odiaba tanto como para desear su muerte?, ¿acaso su odio era tan fuerte como para haberles matado? Repentinamente, desde lo profundo de sus recuerdos, las memorias perdidas del día se presentaron como un flash-back ante sus ojos.

Como cualquier otro día de clase, se levantara temprano, desayunara su tazón de leche habitual con su bollería de chocolate, cogiera sus cosas, se despidiera de su abuelo y emprendiera su paseo matinal hacia el instituto. Se reuniría con Carlos y Sandra en la esquina en frente a la estación de autobuses, por ser un punto intermedio para los tres, antes de continuar con su trayecto. Pero antes de llegar a aquella esquina, una mano le agarrara de la capucha de la sudadera violeta que llevaba puesta aquel día, arrastrándole violentamente al interior de un callejón, y tirándolo al suelo con poca delicadeza.

—¿A dónde cree que vas, zanahoria? —preguntara burlonamente el cabecilla del grupo que le atormentaba casi siempre, un gordo chico rapado de maldad equivalente a su gran peso.

—Tu amiguito te salvó el otro día y nos dio una buena tunda, dejándonos quedar muy mal —comentara a su derecha otro chaval, de pelo pincho y pendiente de oro en la oreja izquierda.

—Por lo tanto, tú las pagarás hoy todas juntas —dijera con una maquiavélica sonrisa el que se encontraba a la izquierda del cabecilla, un tipo de abundante melena, que tapaba hasta sus ojos, y vestimenta metalera.

—¿Algo que objetar, zanahoria? —preguntara irónicamente el líder.

Entonces, recordaba haberse levantado del suelo con lágrimas en los ojos y furia en el corazón, harto de ser siempre víctima de aquellos payasos.

—¡Estoy harto! ¡Os odio! Os odio con toda mi alma, con todo mi corazón. En verdad… ¡En verdad que os odio! Ojala… Ojala estuvierais los tres muertos, ojala sufrierais la peor de las muertes posibles, que todo mi dolor se vertiera sobre vosotros. Y ni aún así creo que pudierais compensarme.

Después, lo último que recordaba era al líder agarrándolo por la sudadera y elevando su puño contra él, airado. Luego, todo era oscuridad, una inmensa y profunda oscuridad parecía haberle tragado desde aquel momento hasta cuando despertó ensangrentado, tiempo después, en un callejón distinto a aquel donde le amenazaran.

Su mente no lo soportó más, aquella noticia y los recuerdos que acababa de recuperar le confirmaron las horribles sospechas de cuando despertara: en efecto él había matado a alguien, él había segado la vida de esos tres muchachos. De nuevo, los acontecimientos de aquella noche trágica de hacía diez años se unieron al desbordante remolino de perturbación y al creciente sentimiento de culpabilidad. Quizás él también hubiera matado a sus padres, no sabía cómo ni por qué, pero la situación era idéntica: en ambas ocasiones despertara amnésico y cubierto de sangre, y en ambas situaciones alguien acabara muerto.

Ahora que tenía la certeza de que él matara a esos chicos, también tuvo la certeza de que él matara a sus padres. No siendo quién de resistir el constante embestir de su conciencia, culpándolo y acusándolo de tales crímenes, se dirigió al gimnasio de su abuelo, situado en el sótano de la casa. Bajó las viejas escaleras, más bien movido por algún tipo de fuerza externa a si mismo que por su propia voluntad, y observó con mueca siniestra la colección de espadas de artes marciales que allí se encontraba.

***

Caminaba de forma altiva, denotando su alto rango, aunque él nunca presumiera de su posición, mostrando elevadas con orgullo sus blancas alas, dejando su huella de luz sobre la árida superficie. Dirigía sus azules pupilas a diestra y a siniestra; el árido paisaje le deprimía, le había estado deprimiendo desde que llegaran a aquel solitario lugar.

Inconscientemente, recordó su lugar de nacimiento, recordó el viento que anteriormente azotara su larga melena rubia (hoy recogida en una extensa coleta), recordó las verdes praderas y altas montañas que lo vieran crecer, aquellos lugares en los cuales se entrenara para convertirse en lo que hoy era. La nostalgia le invadió momentáneamente, hasta que recordó la razón por la que estaba allí. Saludó a los guardias que custodiaban a su superior y se dirigió al interior de la estancia iluminada con el objetivo de informarle:

—Mi Supremo Señor…

—¿Cuántas veces he de decirte que no me llames así?¿Acaso ya no somos hermanos, Rafael? —le cortó súbitamente el fornido hombre que ante él se encontraba, sentado en un radiante trono.

—Tienes razón hermano, discúlpame, ya conoces mi gusto por las formalidades —respondió Rafael.

—Desde que éramos niños… Pero no nos entretengamos con banalidades, dime, ¿Qué noticias me traes?

—Pahaliah se ha puesto en contacto con nosotros, afirma haber encontrado al sujeto α

—informó Rafael a su superior.

—¿Ha encontrado al sujeto α y no lo ha destruido? —preguntó airado el Señor Supremo.

—Afirma haberlo intentado, pero me temo que nosotros no somos los únicos que hemos localizado al monstruo —le hizo saber Rafael.

—¿Te refieres a qué ellos también…? —quiso saber, preocupado, su hermano.

—Si. De hecho, Pahaliah afirma haber tenido que quitarle la vida a uno de ellos para evitar comprometer la misión —le afirmó Rafael.

—¿Eres consciente de lo que esto significa, no? —preguntó el Señor Supremo con un tono de pesadumbre, aún sabiendo cual sería la respuesta.

Rafael cerró los ojos, rememorando internamente el pasado. Claro que era consciente de lo qué significaba: la muerte y el dolor caerían de nuevo sobre su raza, pero era algo contra lo que no podía luchar, era el destino.

—Si, lo soy —pronunció alicaído Rafael.

—Entonces lleva las siguientes órdenes a todos los soldados encomendados a esta misión: “Procuren moverse sólo durante las horas diurnas, eviten las sombras lo máximo posible y… —el Señor Supremo hizo una pequeña pausa antes de proseguir, como si estuviera masticando adecuadamente las palabras antes de escupirlas—, si se encuentran con algún hijo de la oscuridad; tienen permiso para matarlo.”

—Comprendo —asintió desanimado Rafael. De pronto, recordó la petición de Pahaliah—. Hermano, casi lo olvido, Pahaliah afirma haber perdido un ala y pide la asistencia de algún sanador que pueda reponérsela.

—¡Oh! Por supuesto, ordénale que no se mueva del lugar en el que se encuentra, yo y Mahasiah nos dirigiremos hacia sus coordenadas —respondió el Señor Supremo.

—¿Tú, hermano?¿Tú mismo te dirigirás al campo de batalla? —preguntó Rafael preocupado.

—Es necesario que evalúe por mi propia cuenta la situación —dicho esto, se levantó del trono en el que se aposentaba y, tras despedirse de Rafael, se dirigió hacia la salida de la estancia, allí se paró y giró la cabeza—. Además —dijo—, hay un viejo amigo al que deseo saludar.

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El reencuentro de dos antiguos camaradas revive los recuerdos de los sucesos que los convirtieron en enemigos. La cortina de humo que rodea la vida del muchacho se esclarece poco a poco.

En el próximo capítulo de “El ocaso del alba”:

Capítulo 2 – Viejos amigos

Hubo una vez un hombre que lo dejó todo por cumplir con su promesa.

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Bueno, queridos lectores, y con esto llegamos al final del primer capítulo de “El ocaso del alba”. Hablando de la producción de esta obra, actualmente tengo hasta el capítulo 3 escrito, y espero tener hasta el 5 cuando termine el presente mes. Por desgracia, durante el próximo mes estaré fuera y no podré escribir, pero espero encontrar el modo de seguir actualizando el blog.

Hablando del blog, como pódeis observar, ya está finiquitado. He colocado los widgets necesarios, entre ellos una cajita de twitter por la que podéis seguirme, y enlaces a fantásticas páginas que estoy seguro serán de vuestro interés. En cuanto a la apariencia, estoy muy contento por como ha quedado, y he de darle las gracias a mi querida ilustradora Missis Music por la cabecera, es fantástica.

Retomando mi obra predilecta, podréis encontrar una mejor lectura de esta en formato PDF en la sección Ocaso del alba > Capítulos, botón que hallareis aquí en el blog, arriba a la derecha. Allí teneis enlaces a los capítulos en versión PDF. De momento ya está súbido el prólogo + el capítulo 1.

Saludos desde la cloaca.

Atentamente: Mickael Vavrinec

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