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“El ocaso del alba”: Prólogo – Monstruo


PRÓLOGO

Monstruo

Abrió los ojos lentamente. Le costó acostumbrarse a la tenue luz que iluminaba aquel pequeño callejón y que se fundía con las sombras confundiendo ambas entidades, luz y oscuridad, en aquel lugar en el que acaba de despertar. Oscuridad… eso era lo único que recordaba en esos instantes… ¿Quién era? o ¿Cómo llegara allí? eran preguntas sin respuesta en ese momento… Sólo recordaba oscuridad… Oscuridad y dolor…  Sin saber por qué, eso era lo único que recordaba.

Todavía atontado ante la situación en la que se encontraba, se llevó la mano derecha a la cabeza en un inútil intento de apaciguar el dolor que emanaba de esta. Fue en ese instante cuando lo notó: el rojo líquido que manchaba su mano fluía ahora por sus mejillas, resbalaba por su nariz y mojaba sus labios. Como si de un auto reflejo se tratase, aparto rápidamente la mano de su frente con el objetivo de comprobar lo que temía. Sangre, sangre decoraba sus falanges, sangre decoraba su mano derecha y resbalaba cuál agua que baja por la montaña por el resto de la extremidad. Levantó su mano izquierda y volvió a encontrar lo mismo.

El rojo color que captaban sus retinas le hizo despertar instantáneamente. Como intentando buscar de dónde procedía esa sangre, se examinó todo el cuerpo en busca de alguna herida de la cuál emanara. Sólo encontró algún rasguño del cuál era imposible que brotara tal cantidad como para embadurnar sus manos. Asustado, no le quedó más remedio que deducir que procedía de otra persona, imaginándose lo peor. Aún sabiendo que las tenía ensangrentadas, se llevó sus manos a la cara y comenzó a sollozar, las lágrimas pronto comenzaron a brotar de sus ojos mezclándose con la sangre, confundiéndose con ella, resbalando entre sus manos y deslizándose por su rostro.

Repentinamente, como un flash, desde lo más recóndito y oculto de su alma emergieron los recuerdos perdidos de hacía 10 años, los recuerdos de la muerte de sus padres. La situación era idéntica: 10 años después, volvía a despertarse desorientado y sin recuerdos, ensangrentado, volviendo a hacerse un ovillo en un rincón y nuevamente llorando. La última vez que esa situación se produjera, a sus padres se les había arrebatado la vida. Otra vez ese horrible sentimiento de culpabilidad inundaba su ser.

En esa posición, acurrucado en el rincón en el cual había despertado, permaneció llorando un buen rato. No se paró a pensar que hacía allí, su conciencia no se lo permitía. La idea de haber segado la vida de alguien concordaba con la falta de recuerdos del resto del día. Por lo menos recordaba quién era, pero no importaba, en ese momento no importaba; sólo importaba el saber de dónde procedía esa sangre, esa sangre que no era suya, que manchaba sus manos y faz como una irrefutable prueba que le acusaba de haber hecho algo horrible.

De pronto se percató, como si de un sexto sentido se tratase levantó su triste mirada hacia el callejón y allí la vio. No se sorprendió, de alguna manera se lo esperaba. Aunque no había escuchado pasos ni había percibido nada que connotara la presencia de otra persona en el callejón, algo le dijo que allí había otra persona. Se limpió con la manga de la camisa los ojos para tener una visión más nítida de la situación.

De pié, bajo la escasa luz que iluminaba el callejón, una mujer blanca como la nieve, de rubio pelo largo que le caía sobre los hombros, y azules y penetrantes ojos, le observaba, con una indumentaria juvenil que rejuvenecía su aspecto de treinteañera. Parecía salida de la nada. Con las pocas fuerzas que le quedaban, el chico se levantó apoyándose en el muro contra el que estaba recostado y se quedó observándola sin saber qué decir. Tras unos infinitos segundos de silencio, la mujer abrió la boca para sumirle aún más en el desconcierto:

—Por fin te encontramos… ¡Monstruo! —gritó mientras dos alas de plumas blancas brotaban de su espalda rompiendo su chaqueta.

——————————————

Un chico que desconoce la verdad acerca de su pasado. Unos extraños seres alados que muestran interés en él. Unos asesinatos que nublan su mente con el color rojo de la sangre que ha derramado.

En el próximo capítulo de “El ocaso del alba”:

Capítulo 1 – Los seres alados

¿Cómo combatir aquello que desconoces?

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