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“El ocaso del alba”: Capítulo 1 – Los seres alados (1/2)


CAPÍTULO 1

Los seres alados – Parte 1

“Monstruo”. Esa dura palabra resonó en la cabeza del joven, que se quedara totalmente quieto, paralizado, ante la situación que estaba viviendo. No hacía mucho que se despertara en aquel tétrico callejón sin salida, uno cualquiera de los cientos que hay en la ciudad, con el suelo encharcado por las lluvias de los últimos días, y apenas iluminado por la tenue luz del Sol que penetraba entre los altos edificios, apuntando a aquella misteriosa mujer que se presentara cual fantasma delante de él. Aquella mujer que, sin molestarse siquiera en saludar, había lanzado aquella terrible acusación: “Monstruo”.

Pero no era aquello lo que más desconcertaba al joven, sino las dos alas que de la espalda de la mujer surgieran, alzándose majestuosas y bellas, decoradas por un blanco plumaje celestial. Eso, unido a la blanca piel de la joven y a su rubio cabello, le daba la apariencia de un ángel. “¿Un ángel?” Se preguntó el joven. ¿Un ángel venía a castigarlo?, ¿acaso existían los ángeles? Siempre pensó que eran parte de los cuentos que soltaban los curas en la misa matutina de los domingos. Pero, en ese momento, la única explicación más o menos racional que le encontraba al ser que ante él se erguía, era la de que fuese un ángel, un ángel enviado a castigarle. ¿Tendría algo que ver su castigo con la sangre que lo atormentara minutos antes?

Pero algo no cuadraba, a pesar de que le era imposible moverse, debido a la fuerte impresión que le producía la situación, tenía la certeza de que, a su vera, entre las sombras en las cuáles se encontraba, había alguien más. No podía verle, ni oírle, pero de alguna manera, tenía la seguridad de que allí había alguien más, de la misma forma que pudo percibir antes al ángel.

—Ahora, toda la ira y venganza de aquellos que lo perdieron todo por culpa de un monstruo como tú caerá sobre ti. Tu existencia es el mayor error de este universo, y a mi se me ha concedido en este instante la posibilidad de enmendarlo —murmuró mientras elevaba su brazo derecho hacia delante, abriendo la palma de su mano. En ella, comenzó a formarse una esfera de luz radiante que cegó momentáneamente al muchacho.

“¿Qué es esto?” Pensó mientras, una vez recuperado de la parálisis, cubría sus ojos para evitar que la ceguera fuese mayor. “¿Un sueño?, ¿el castigo divino?, ¿el final de mi existencia?, ¿tan corta será mi existencia? Hay tantas cosas que me hubiera gustado hacer…”

—¡Muere, monstruo!  —gritó la mujer, a la vez que agarraba la esfera de luz recién formada y la lanzaba con ira contra el muchacho.

“El fin…”  Presentía alicaído. “Esto es el fin…” Lágrimas de nuevo volvieron a brotar de sus ojos. Era lo que había estado haciendo toda su vida: llorar, no iba a ser menos en el momento de su muerte.

Escuchó un leve ruido, súbitamente, la luz se extinguió. Abrió los ojos con la idea de encontrarse muerto en algún lugar de ultratumba, pero lo que vio le sobrecogió aún más de lo que ya estaba. Frente a él, dos grandes alas de negro plumaje cual azabache, emergían de la fornida espalda de un hombre de piel morena, con una oscura y corta cabellera. Dedujo inmediatamente que se debía tratar de la persona que había percibido anteriormente, aquella que se encontraba oculta entre las sombras.

Ahora si que las cosas no le cuadraban: visto lo visto, se hubiera podido imaginar a un extraño ser deforme, de cornamenta y patas de cabra, con cola terminada en una flecha; a un demonio tal y como lo describía la cultura popular. Pero aquel ser no parecía un demonio, sino un ángel, sólo que un ángel de alas negras. “¿Acaso es un ángel caído? Quizás los demonios no tienen por qué ser tal y como se los imaginan los humanos.” Eso fue lo máximo que llegó a razonar en aquel momento. Pero, incluso en ese caso, se sintió tremendamente confuso: ¿por qué un demonio le había salvado la vida?, ¿qué sentido tenía todo eso?

El ser volteó la cara hacía atrás, mostrando sus marrones ojos, y, con una sonrisa burlona, musitó:

—Por poco no lo cuentas, ¿eh, aberración?

¡¿Aberración?! Ahora si que estaba sumido en el más grande de los desconciertos: el ser que acababa de salvarle la vida le denominaba como aberración, ¿qué demonios estaba pasando?

—Si te aferras por salvar al monstruo, morirás tu también, hijo de la oscuridad —afirmó el ángel blanco.

—Menos lobos, lucecita, no puedo permitir que mates a la aberración. Sabes lo importante que es para nosotros; si necesito mancharme las manos para cumplir con tal misión, no dudaré en hacerlo –respondió el ángel de alas negras.

Hecho el intercambio de amenazas, ambos seres extendieron sus brazos hacia delante, lanzando sendos rayos de luz y oscuridad, respectivamente, que chocaron neutralizándose. Acto seguido, el ángel negro avanzó hacía el blanco, levantando su puño, ahora rodeado de un aura de oscuridad, con intención de asestarle un puñetazo al ser de luz.

—Te vuelves muy lento en la luz —dijo el ángel de alas blancas, al observar que el hijo de la oscuridad se internara en su territorio. En ese mismo instante, desapareció para reaparecer poco después detrás del ángel de alas negras.

—Y tú muy lenta en la oscuridad  —rebatió este, señalando el lugar en el que reapareciera la hija de la luz, entre las sombras del callejón. Antes de que esta pudiera reaccionar, lanzó su puño contra su cara, mandándola contra el muro que se encontraba al fondo del callejón—. Veamos cómo gimen los seres de luz cuando se les arranca un ala —mencionó con simiesca sonrisa el ángel de alas negras, al mismo tiempo que agarraba el ala izquierda del ángel blanco, y lo arrancaba al aplicarle una especie de corriente de oscuridad que se propagó por el ala cuál electricidad que se propaga por el agua.

El ser de luz gritó dolorido, fue un grito agudo y escalofriante que perfectamente se pudo haber oído en toda la ciudad. Ese mismo grito hizo despertar al muchacho, que se encontraba totalmente petrificado de nuevo, observando la batalla entre los seres alados. Instantáneamente se levantó y corrió hacia afuera del callejón.

—¿A dónde vas? —le reprochó el ser oscuro preocupado. Tiró a un lado el ala blanca que sostenía entre sus manos, y se dispuso a perseguir y dar caza al muchacho.

—¡Hijo de puta! —le cortó furiosa el ángel blanco, ahora uni-alado, que se levantara dolorida, tapándose la herida que su contrincante le había provocado.

El ángel de alas negras se giró inmediatamente con la intención de responder a tal insulto. Mas no pudo, no tuvo tiempo para hacerlo, se había desplazado lo suficiente como para caer en el territorio de los seres de la luz, como para estar bajo esta, y en ese ambiente el ángel de alas blancas resultó ser mucho más rápida, penetrando el corazón del ser de la oscuridad con un fulgurante rayo de luz. El ser cayó de rodillas, escupiendo sangre por la boca, realizó sus últimas exhalaciones, y se desplomó, inerte, ante la maléfica sonrisa de su verdugo.

***

El muchacho había corrido lo suficientemente lejos como para sentirse seguro y protegido de aquellos extraordinarios seres. Todavía se sentía muy confuso. Se encontraba en una avenida poco transitada, de hecho, en esos instantes, él era el único peatón. Se sentó en el primer banco que encontró e intento tranquilizarse un poco, todavía tenía sus dudas acerca de la realidad de todo lo que acababa de vivir, por lo que cerró los ojos con la esperanza de que al abrirlos se encontrara somnoliento en su cama, con la certeza de que todo estaba como siempre. Nada ocurrió, abrió los ojos y vio de nuevo aquella avenida que se encontraba a unas cuántas manzanas de aquel callejón en el que despertara. Pero el recuerdo de su habitación le hizo ver que en ese instante lo mejor que podía hacer era volver a su casa.

Anduvo a paso ligero por calles poco transitadas procurando no tener que encontrarse con nadie, la soledad era la única compañera que necesitaba en esos instantes. Pudo haber usado el canal de callejones que conectaban todo el centro de la ciudad, pero había desarrollado un auténtico pavor por esos sitios, realmente creía que jamás podría volver a pisar uno. A pesar de encontrarse desorientado en cuanto a la concepción del tiempo, el Sol resplandeciente en lo alto del cielo indicaba que debía ser mediodía. Las calles, más vacías de lo habitual, incluso las grandes avenidas a las cuales se asomó por curiosidad, confirmaban este hecho.

No era una ciudad grande, pero era una ciudad muy severa y rígida en cuanto a los horarios, ya que prácticamente todos sus habitantes trabajaban en la gran central nuclear de las afueras. Estos podían volver al mediodía a sus casas para comer, antes de comenzar el turno de tarde; teniendo en cuenta que los centros escolares e institutos de la zona tenían, prácticamente en su totalidad, únicamente horario de mañana, era entendible el vacío de las calles.

No tardó demasiado en llegar a su casa, situada cerca del centro de la ciudad, en una urbanización de adosados. Tuvo la suerte de no encontrarse con ningún vecino, pero cuando se disponía a abrir la puerta recordó que quizás su abuelo se encontrara en casa, esperándolo para comer. Dudo durante unos instantes en si entrar o no, pero finalmente se dio cuenta de que no tenía otro lugar al que ir. Entró con sigilo y llamó a su abuelo alzando la voz. Nadie contesto, esto produjo en él una mezcla de alivio y preocupación: era extraño que su abuelo no estuviera en casa a la hora de comer. Colgado en el salón que hacía también de vestíbulo, se encontraba aquel reloj de pared de colores tan llamativos: las cuatro de la tarde marcaba. Imaginó que posiblemente su abuelo estuviera en algún recoveco de la ciudad buscándolo preocupado al ver su tardanza, pues él siempre llegaba a casa sobre las dos del mediodía.

Finalmente, una vez aclarado aquel pequeño misterio, se dispuso a cerrar la puerta, y, tras hacerlo, el pomo de la puerta adquirió un rojizo color. Asustado, volvió a observar las palmas de sus manos; esto le hizo recordar los sentimientos tormentosos que pulularon por su mente durante los momentos anteriores a la aparición de los seres alados.

—Tranquilízate, tranquilízate —se dijo a si mismo en un intento de conservar la calma—. Hay mil razones que pueden explicar esto, por el momento, sólo olvídalo.

Se dirigió al baño y lavó cuidadosamente manos y cara hasta que desapareció el último rastro de sangre. Como su ropa también estaba manchada por distintos lugares, la echó a lavar y puso la lavadora con presteza, confiaba en que pudiera eliminar aquellas manchas antes de que su abuelo regresara. Aprovechando la situación, decidió darse una ducha con el fin de despejarse definitivamente.

Continuando con su aseo personal, se dispuso frente al espejo para secar y peinar, en la medida de lo que podía, sus rebeldes, aunque cortos, rizos pelirrojos. Odiaba aquel color de pelo, era un odio provocado por las constantes burlas hacia él con motivo de su inusual cabellera. Por aquel lugar era muy extraño encontrarse con una persona pelirroja, en esa ciudad tan sólo él y su amiga Sandra portaban tal color, quizás por eso eran amigos. Los pelirrojos eran más abundantes en el norte, de hecho, él mismo había nacido en el norte. Ahora que lo pensaba, nunca le preguntara a su amiga de dónde procedía, quizás también fuera una compatriota.

Mirándose al espejo, percibió sus desanimados ojos verdes. “Siempre andas con la mirada triste.” Le decían sus amigos Sandra y Carlos, los únicos que tenía. Él los envidiaba, porque a pesar de no tener unas vidas ni mucho menos más felices que la suya (Sandra vivía con un padre alcohólico y Carlos no tenía ningún familiar vivo), siempre se les veía con una sonrisa en la cara y con los ojos llenos de vida. Los suyos en cambio no parecían reflejar el mínimo resto de esta, cualquiera que mirara a sus ojos dudaría de que él estuviera realmente vivo. “Soy un chico triste sin esperanza ni determinación.” Pensó alicaído mientras observaba aquellos tristes ojos.

Salió del baño con la toalla atada a la cintura, subió las escaleras del dúplex y entró a su desordenada habitación. Allí, se puso una ropa más cómoda para estar en casa y se recostó un rato sobre su cama. Inmediatamente un nubarrón de preguntas inundó su cabeza: ¿qué eran aquellos seres?, ¿qué querían de él?, ¿por qué uno intentó matarlo y el otro protegerlo?, ¿qué sentido tenía todo aquello?

Intentando evadirse de los acontecimientos ocurridos durante el día, bajó al salón y encendió la tele, esperando que algún gracioso monigote animado le alegrara la tarde. Falsas esperanzas las suyas: la misma basura de siempre, monigotes, si, de eso no había duda, había monigotes en la tele; pero eran monigotes que daban espectaculares clases de civismo discutiendo entre ellos sobre apasionantes temas como con quién se había casado menganita, o si fulanito le puso los cuernos a fulanita. Viendo que la situación se repetía en todos los canales, apagó la televisión, frustrado.

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Bienvenido a mi blog querido lector, si estás aquí es porque eres un aventurero de la red. Y ahora que estás aquí… ¡No te dejaré escapar!

Como podrás observar el blog es de reciente creación, así que actualmente estamos trabajando en él, pero espero que en las próximas semanas vaya tomando forma.

De momento sólo publico capítulos de mi historia larga “El ocaso del alba”, en la que estoy trabajando actualmente. Podrás leer un nuevo capítulo cada domingo, con un día de adelanto con respecto a su publicación en la revista online ¡No lo leas! (de la cuál también haré entradas, pues pienso que, si te gusta mi historia, las que se publican allí te encantarán).

Saludos desde la cloaca.

Atentamente: Mickael Vavrinec

 

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